Artículo mortis

Un país enfurecido

La semana pasada, los hermanos José Abraham y Rey David Copado Molina levantaban información sobre el consumo de tortillas en Ajalpan, Puebla, y "alguien" los nombró robachicos. Se los llevó la policía y, en la cárcel, la niña que acusó el intento de secuestro no los reconoció como agresores. Poco importó: las campanas de la Iglesia fueron echadas al vuelo, la alcaldía fue saqueada y los muchachos fueron golpeados y calcinados en la plaza por el pueblo bueno. La policía local, rebasada, llamó a la estatal que, como la de Ebrard en Tláhuac, no llegó, sino mucho después de que fuera demasiado tarde. Ese horror que se antoja propio del pasado fue subido puntualmente por los perpetradores, y por sus testigos, a las redes sociales.

Días después, en Tlachaloya, Estado de México, dos agentes que investigaban un robo iniciaron el cateo correspondiente. Los vecinos las acusaron de sembrar pruebas y fueron arrastradas y golpeadas como preámbulo al juicio sumario; éste se evitó con la llegada de elementos de la Comisión de Seguridad Ciudadana, pero no sin que antes fueran destruidas dos patrullas. Una de las agredidas está aún en el hospital. El alcalde dijo que allí no había pasado nada, que para la otra —por mi madre, bohemios— nomás le avisaran a la gente con anticipación cuando fueran a llegar más policías.

El pasado día 19 colgaron un cadáver de un puente en Iztapalapa. Lo disfrazaron de momia y le pusieron un recado cerca, a la usanza del cártel de Los Zetas, que mandaba avisos a las autoridades fijando con picahielos las cartulinas a los cuerpos sembrados. A los dos días otro ejecutado fue dejado con una segunda nota para el "Jefe Mansera", acusando a custodios del Reclusorio Oriente de estar aliados con el cártel contrario, uno que también controlaría el penal de Chihuahua, porque, como todos preferimos ignorar, las cárceles en México sirven mayoritariamente de centros de convenciones para malandros.

Ayer por la mañana, un policía federal intentó parar un tráiler para inspeccionarlo en la salida de la Ciudad de México hacia Puebla. Los tripulantes lo acribillaron y siguieron su camino. Seguro el camión transportaba gansitos y frutsis, porque, como repite sin cesar "Mansera", en la ciudad de vanguardia no hay narcos.

Pero lo que parece indignar al respetable sobre todo lo demás es el caso de la viejita que, fastidiada de pisar caca, envenenó a una veintena de perros en la colonia Condesa, en lo que viene siendo la manifestación a nivel de calle de los horrores anteriores: un país sin autoridades competentes, sí, pero también plagado por una sociedad civil irremediablemente incivil.

Twitter: @robertayque