Artículo mortis

Los indignados

El PEN club otorgó su premio 2015 a la libertad de expresión a Charlie Hebdo, luego del golpe terrorista que ensangrentó su redacción y, sobre todo, de la muy civilizada respuesta de la revista parisina tras la masacre. Acto seguido, seis miembros del comité de la gala donde el 5 de mayo se entregaría el premio, apoyados días después por 145 abajofirmantes, anunciaron que no asistirían, explicando que aunque el ataque perpetrado contra la revista era una cosa terrible, no debía premiarse una publicación que fomentaba la islamofobia y el discurso de odio.

Por lo visto, estos brillantes intelectuales no repararon en que, en los últimos 10 años, de entre más de 500 portadas de Charlie solo SIETE aludieron al islam: muchas más se burlaron del cristianismo y, sobre todo, le tundieron a la derecha europea y a políticos franceses de toda laya. Tampoco en que la sátira descarnada es un ejercicio tan francés como Voltaire, donde el concepto del mal gusto es considerado una debilidad pequeñoburguesa y la provocación es vista como un llamado al cuestionamiento de los valores establecidos y, por ese medio, al cambio, ni en que ese premio PEN no se otorga a los méritos literarios o editoriales del receptor, sino al valor ante los ataques de la censura, de cualquier censura; en este caso, ante la de un fundamentalismo islámico que gusta de responder a las ideas, y a letras o cartones que las transmiten, con balas. Así lo dijo Gérard Biard, hoy director editorial de la publicación: “Provocar para argumentar es válido. Asesinar no lo es. Ni siquiera en Texas”.

Pero los indignados posmodernos no se detienen en fruslerías como el dato duro o el pensamiento lógico, que la idea detrás de estos grandes gestos no es ser, sino parecer —patriotas, valientes, revolucionarios, indomables y un largo etcétera de características que, en la práctica, cuestan muchísimo trabajo—: en México el fenómeno crece y se multiplica entre quienes se sienten contestatarios porque llaman a anular el voto, cuando esa acción más beneficia a los partidos sólidamente clientelares, oséase, al PRI; quienes se manifiestan contra la ilegalidad y a la vez exigen impunidad al cerrar calles y aventar molotovs; quienes erigen en salvadores de la patria a los peores autócratas porque éstos se dicen de izquierda, y quienes se deslumbran con los diez minutos de independencia de candidatos que, apenas ayer, pastaban plácidamente en Jurassic Park. Y, sobre todo, entre quienes se rasgan las vestiduras, exigiendo un respeto que rara vez otorgan, cuando alguien les avienta un guijarro burlón contra sus perpetuamente indignados piececitos de barro.

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