Artículo mortis

Políticos broncos

Alguien dijo que lo que hizo Felipe Calderón en días pasados —equiparar a El Bronco con López Obrador— fue una insensatez… hasta que escuchó la reacción de Rodríguez. Sí, el insulto craso como respuesta es indicativo de rasgos indeseables en un gobernante: irritabilidad, narcisismo y falta de ideas, entre otros. Pero lo más grave es que esto se festeje como si fuera mérito de estadista; las acusaciones de violencia doméstica y de bordado a las historias personales con fines electorales contra el candidato también han sido encaradas desde el insulto y la descalificación, y esto no solo no ha hecho mella alguna en las encuestas que señalan a Rodríguez como el puntero, sino que le ha ganado en las redes un corifeo de potranquitas que lo defienden con un fervor que casi llega al pégame, pero no me dejes.

Lo dijo Román Revueltas: “…ese atributo, la aspereza que no solo no respeta las buenas maneras sino que se jacta de su tosquedad, sería uno de los puntos a favor del contendiente”. Y el fenómeno no es en modo alguno exclusivo de Nuevo León: en Nayarit tenemos a Hilario Ramírez, Layín, el que roba poquito y que considera que levantar las faldas o exigirle besos a las muchachas en público es una buena puntada. Quizá porque lo es: después de los desaguisados, Ramírez llegó a encabezar las preferencias para gobernador. A nivel nacional destaca el considerable capital político construido por López Obrador sin la necesidad de ensuciarse con ideas o propuestas sólidas, sino todo lo contrario: el petróleo que brotaría nomás con escarbar tantito; la honestidad como bandera de una administración donde sin el moche no se movía una hoja; el compararse sin rubor con Gandhi o Mandela y esa esquizofrenia entre la ridiculización y el fomento público del odio hacia sus críticos y su insistencia en lo amoroso de su república.

Más allá de ejemplos particulares, basta ver de lo que están hechas las campañas políticas, en general: promesas vagas al modo de quiero la paz mundial de las reinas de belleza; intentos de construcción de imagen —el candidato besando a un bebé o entregando una despensa a algún desposeído— y el tratar de ensuciar por cualquier medio al contrincante.

Esto sucede porque funciona: demasiados ciudadanos premian con su voto a líderes, de cualquier lado del espectro, que hacen campaña con base en ocurrencias o comportamientos homofóbicos, opacos, enconosos o machistas, mientras muy pocos vocalizan su indignación o les exigen más: más datos, más solidez, más transparencia, más clase. Ante esto, yo lo único que puedo desear es que nunca lleguemos a tener el gobierno que nos merecemos.

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