Artículo mortis

Oro verde/ II

Los recipientes, rebosantes de distintas variedades de capullos verdes, olían a limón, a hierba y a té verde. A todo, menos al habitual zorrillo del humo de mis amigos consumidores. Me explican que ese característico aroma a pipí de gato puede venir de aditivos como la amonia y otros compuestos que se le ponen a la hierba ilegal para fertilizarla, para esconder el olor natural en los tránsitos o para conservarla en las bodegas, o que puede ser causado por los hongos o la putrefacción resultantes de un mal proceso de curado. Al cultivar mota dentro del marco legal nada de esto sucede: la hierba puede crecer a su paso, bajo el sol, y puede ser empacada, procesada y transportada en tiempos y condiciones óptimas.

El perfil del cliente último ha cambiado también sustancialmente: el comprador promedio en California, Colorado, Washington o, a todo esto, la Ciudad de México, no pide ya el viaje rápido hasta el abandono, la paranoia y el más allá de aquellas juventudes rebeldes y cochambrosas de las pesadillas de los padres pequeñoburgueses, sino algo que pueda fumar después de cenar entre amigos. Esto ha provocado el regreso de cepas con mayor contenido de CBD o canabidiol —el aceite que usan los niños epilépticos sin mayores efectos secundarios—, y el balance en aquellas que contienen THC o tetrohydrocanabinol, la sustancia psicoactiva.

De este lado de la frontera, nuestros anacrónicos funcionarios públicos, además de echar en la misma canasta al adicto que al usuario, no entienden que muchos de los rasgos indeseables asociados a la mariguana son producto de la clandestinidad: los datos para la mota son escasos, pero solo poco más de 5 por ciento de los consumidores de alcohol tiene problemas con la sustancia —desde arrestos hasta cirrosis—, y la cannabis es significativamente menos tóxica.

Meses atrás, Jerry Brown, el gobernador de California, firmó un paquete de leyes conducentes a normar la nueva industria, una que, con innumerables lastres de operación, arroja mil millones de dólares anuales solo en su estado: para 2018, los giros asociados con la cannabis allí operarán como negocios formalmente establecidos, sujetos a crédito y ya no encadenados a complejas estructuras que hoy los avalan, aunque sea solo en el membrete, como sin fines de lucro. Los criminales de antaño han sido convertidos, literalmente de un plumazo, en comerciantes y agricultores, que pagan impuestos y se sujetan mayoritariamente al marco legal; todo esto, a meses del referendo que permitirá la legalización recreativa en California.

¿Y México? Como el chinito de siempre: nomás mirando.

Twitter: @robertayque