Artículo mortis

Lágrimas por Venezuela

Conocí a Leopoldo López en una visita que hizo a México previa a las últimas elecciones presidenciales venezolanas, cuando López y Henrique Capriles disputaban una candidatura de oposición que al final quedó en manos del último, quien terminó perdiendo ajustadamente contra Maduro. López, articulado y de un talante tranquilo, dejaba ver su desesperación ante un chavismo que, sentado sobre una de las reservas petroleras más ricas del planeta, optó por mezclar ineptitud con corrupción para terminar derrumbando la infraestructura nacional, consolidando al país como uno de los más inseguros del mundo, amordazando la libertad de expresión y recetándole a sus ciudadanos carestías recurrentes de alimentos y demás productos básicos, paliadas apenas por programas clientelares destinados a controlar el voto popular. No creo que otro hubiera corrido con mejor suerte que Capriles en una contienda de dados tan cargados. Menos creo que alguien hubiera imaginado entonces el destino de López: de preso político en huelga de hambre a merced de un régimen a la vez temible y ridículo.

López, en la cárcel desde principios de 2014 acusado de fomentar la violencia durante las demostraciones poselectorales críticas al gobierno, y Daniel Ceballos, alcalde opositor también preso, comenzaron una huelga de hambre para exigir la realización de elecciones parlamentarias, postergadas lo más posible por el gobierno de Maduro dada la caída en su popularidad y la cada vez peor estrechez de recursos a su disposición.

Las elecciones han sido anunciadas para diciembre, y Ceballos, lastimado en su salud, ha levantado la huelga. López no. Él pide, además de las elecciones, dos imposibles: la liberación de los presos políticos y el fin de la represión y de la censura. Lleva casi 30 días sin comer y le ha sido negado cuidado médico y contacto con abogados, entre los cuales está el español Felipe González, quien acudió para encontrarse con su defendido sin que el Estado se lo permitiera.

Porque al gobierno venezolano le importa un comino la vida de sus opositores —basta ver el caso de Franklin Brito, muerto en huelga de hambre en 2010, cuando exigía justicia por una disputa agraria contra un cacique local— y, a menos que sus compatriotas lo convenzan de desistir, López puede morir muy pronto ante la indiferencia de una comunidad internacional que, hasta ahora, le ha hecho vacío a los críticos del todavía gigante petrolero. Total, que por años los esbirros del pajarito han sobornado con el mismo éxito a los barrios populares con electrodomésticos, que a los gobiernos impopulares con barriles de petróleo.

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