Artículo mortis

De transas y transgéneros

La OMS apunta que, el año pasado, poco más de 2 y medio millones de niños menores de 5 años murieron por causas directamente relacionadas con la desnutrición. Hasta ahora, no se sabe de ninguna muerte o enfermedad atribuible al consumo de alimentos genéticamente modificados.

Quizá por eso, la pasada primavera, la Academia Nacional de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos publicó un reporte calificando a las cosechas genéticamente modificadas como mayormente seguras para la alimentación y el medio ambiente. Hace cerca de dos semanas, más de 100 premios Nobel fueron más lejos, al señalar en una carta abierta a Greenpeace como obstáculo para paliar esa desnutrición, recalcando que esos productos —refiriéndose en particular al arroz dorado, el enemigo número uno de la citada ONG— son prometedores y seguros.

El arroz dorado es un grano editado con genes de otras plantas y una bacteria con el fin de producir betacaroteno que, dice la carta, "potencialmente puede reducir o eliminar gran parte de las muertes y enfermedades causadas por la deficiencia de vitamina A, cuyo mayor impacto recae en los más pobres de África y el sur de Asia". Nadie dice que ese u otros transgénicos sean una panacea, o siquiera la única opción y, sin duda, aún hay mucho por documentar. El problema es que solo los activistas parecen negar la complejidad de este —o de cualquier otro— asunto, optando por diseminar histeria y mala leche en vez de información: en 2014, una encuesta del Pew Research Center —no conozco ejercicio parecido en México, pero apuesto a que los resultados son esencialmente similares— encontró que 37 por ciento de la población adulta en Estados Unidos afirmaba que los transgéneros eran seguros, contra 88 por ciento de la comunidad científica.

Lo cierto es que la humanidad lleva siglos modificando los rasgos genéticos de plantas y animales varios —desde el maíz, sin el cual no hay país hasta los perros poodles—, y la mayoría de nosotros consumimos regularmente transgéneros sin sufrir mayor daño desde mediados de los 90: los aceites y jarabes en la mayonesa, los refrescos, los enlatados y embutidos, la Ketchup, el aderezo para la ensalada y cientos de productos más son, en su mayoría, transgénicos.

No, la biotecnología no es la única vía. Pero ese es el meollo del asunto: que es una de las vías posibles, y que la evidencia apunta a que no es una particularmente mala. Sí, los transgénicos son un negocio, y Monsanto y similares quieren ver réditos. Pero el activismo también: me pregunto cuánto dinero habrá recaudado a la fecha la cándida Greenpeace en su lucha contra los biotecnólogos desalmados.

Twitter: @robertayque