Artículo mortis

Jugaremos una ronda

Como si la fuga de El Chapo no fuera suficiente, el fracaso de la Ronda 1 nos otorga a los mexicanos otra estupenda razón para lamentarnos, con el agravante de que ésta en particular no se la podemos achacar en su totalidad a Peña Nieto.

La salida fácil es endosar el desdén de los inversionistas a la caída en los precios del petróleo que, a 50 dólares por barril, vuelve incosteable la exploración de pozos de crudo pesado o de acceso difícil. De los 14 bloques licitados, ocho ofertas fueron declaradas desiertas, cuatro fueron desechadas por no cumplir con los requisitos y solo dos fueron acreditadas, ambas a Sierra Oil and Gas, consorcio formado por la gringa Talos Energy, la británica Premier Oil y un grupo de inversionistas mexicanos, entre los cuales destaca Jerónimo Marcos Gerard, quien tiene la buena o mala fortuna, asegún, de ser cuñado del innombrable.

Lo anterior explica más o menos el desaire, pero no el fracaso de nuestra estrategia energética como un todo. Los hidrocarburos mexicanos fueron nacionalizados con buenas razones históricas y económicas, pero los problemas vinieron con las consideraciones políticas del decreto: el petróleo no ha generado para México la riqueza que podía y debía habernos catapultado hace décadas a la prosperidad, no porque el precio del barril esté alto o bajo, sino porque nunca se ha usado para construir patria, sirviendo en su lugar de botín, primero, de transnacionales tan capitalistas como salvajes y, desde 1938, de una cleptopresidencia que enquistó allí a un sindicato parásito para ordeñar Pemex mientras la rapiña, la opacidad y la parálisis eran justificadas por reales o supuestas amenazas a nuestra soberanía.

 Ese discurso revolucionario e institucional usado para engordar a los favoritos leales y mantenerlos en el poder sobrevivió el tránsito a nuestra democracia larvaria que, en realidad, apenas llega a alternancia partidista; para demasiados connacionales el petróleo sigue siendo símbolo patrio, elixir sagrado, grito de guerra, todo menos el catalizador de infraestructuras y sistemas públicos dignos y eficientes para todos.

De la corrupción después hablamos, pero es increíble que, a pesar de las contradicciones de la realidad —peor para la realidad—, esa propaganda charra siga viva y sana; lo malo es que el daño de la oportunidad perdida ya está hecho. El momento del oro negro ya pasó, nuestro mayor mercado, el gringo, es autosuficiente, y la tecnología alrededor de las energías renovables y alternativas está a un paso de regresar al petróleo de vuelta a su estado de dinosaurio. Eso sí: el dinosaurio será enteramente nuestro.

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