Artículo mortis

Los límites de la democracia

Hitler, Marcos el filipino y Hugo Chávez fueron elegidos democráticamente. Trump colea a Clinton apenas por entre 5 y 10 puntos, dependiendo de la encuesta. El voto duro de AMLO anda por los 15 millones de amorosos. Todos ellos, por sus claros rasgos autoritarios, su desprecio a la ley, su pequeñez cultural e intelectual y sus personalidades narcisistas y mesiánicas, carecen de los atributos necesarios para ser calificados como hombres de Estado; difícilmente son aptos para gobernar. No que hagan falta ejemplos tan drásticos: a lo largo y ancho del planeta, en la izquierda y en la derecha, hay personas en el poder, o cercanas a obtenerlo, que arrastran inexplicables índices de popularidad a pesar de que merecerían desde la indiferencia o el repudio hasta la cárcel o el manicomio. Y, sin embargo, se mueven.

El brexit es la última cereza en el pastel: la población de mayor edad y con el menor nivel educativo votó a favor de la separación de la Unión Europea. El mandato de ese 51.9 por ciento, sobre el rechazo del otro 48.1, bastó para que se desplomara la libra esterlina a su menor nivel en 30 años; para enloquecer los mercados; acotar severamente las oportunidades de residencia, estudio y trabajo de sus ciudadanos; cerrar las fronteras y, con ellas, el flujo de mercancías y divisas, y para lubricar la secesión de Escocia e Irlanda del Norte, que votaron a favor de quedarse en la UE.

Así es el mandato de las mayorías. Y más allá del necesario aunque arbitrario límite de edad para votar —hay países, como Brasil, que lo permiten a partir de los 16 años; en Arabia Saudita, la edad límite es 21. Hay sitios donde el voto es obligatorio, en otros es optativo, y hay lugares que le imponen restricciones a los convictos y ex convictos, así como, oficialmente o no, a las mujeres; Arabia Saudita permitió a las mujeres votar y ser votadas por primera vez en 2015, y ya ven lo que pasa donde gobiernan nuestros usos y costumbres— no hay variable alguna que rete la universalidad del voto que no implique deslizarse peligrosamente hacia la oligarquía y, luego, la franca dictadura.

La única opción para la supervivencia de las democracias modernas, ante el embate del nacionalismo, la demagogia y la lumpenización del discurso, es la educación, que no debe ser confundida con la renegociación del contrato que se traen entre la CNTE y el gobierno: solo una población crítica, lúcida e ilustrada nos salvará de otro ciclo mundial de iluminados que conducen a sus amorosos pueblos patrióticamente hacia el abismo.

Si lo ven muy lejano, o si no lo creen posible, pregúntenle a los británicos. Yo mientras iré preparando mi cianuro.

Twitter: @robertayque