Artículo mortis

'Anarcotraficantes'

El auditorio Justo Sierra, apodado desde los usos y costumbres del 68 como Che Guevara, lleva cerca de 15 años tomado por grupos ajenos a la universidad. A fines de los 90 sirvió como cuartel general del CGH, y nunca fue reintegrado a la UNAM: los huelguistas lo nombraron sitio "autónomo y autogestivo" que, en teoría, serviría de refugio para que la disidencia y la divergencia se expresaran libremente. En realidad se convirtió en coto de los intereses de los porros en turno, donde toda crítica se silencia a palos: desde el 2000, el auditorio ha pasado por las armas de infinitos colectivos, todos de moda y de novedá, pero siempre cerrados al resto de las voces de la comunidad universitaria, hasta terminar a partir del 2003 firmemente en manos de los llamados anarcokupas.

En el proceso desaparecieron las butacas y las alfombras; los equipos de sonido e iluminación fueron deshuesados; las exposiciones y talleres que de cuando en cuando se llevan a cabo allí no se sujetan al menor rigor académico ni pasan por acreditación alguna; los estudiantes matriculados tienen que pedir permiso para usar los espacios; los pasillos y oficinas, grafiteados y sucios, sirven de dormitorios improvisados, y en el comedor "popular" y vegetariano se refrendan las represiones sufridas, la necesidad de violentar el sistema y la lucha de clases.

Ese discurso anarcohípster es penoso por sí mismo, pero peor se vuelve cuando es usado por los usufructuarios del Justo Sierra como frente o tapadera del muy neoliberal narcotráfico: luego de que la policía detuviera a Jorge Emilio Esquivel —residente distinguido del auditorio, a pesar de no estar inscrito como alumno— cuando mercaba 50 grapas de coca, 26 pastillas sedantes y algo de mota, sus compañeros acusaron a la policía de haberlo levantado y de sembrarle la droga, al tiempo que montaban barricadas, golpeaban vigilantes e incendiaban autos y contenedores de basura en la calle. No dijeron hacerlo, por supuesto, en defensa del anarcomenudista, sino en defensa del activista vegano y luchador social victimizado por la autoridad represora. ¿La herencia preclara del Yorch? Hasta ahora, aparte de sus actividades microempresariales, responde por un par de cristales rotos y algunas molotov arrojadas, todo en aras de su compromiso social.

No hay razón, jurídica o moral, que impida recuperar el Justo Sierra para toda la comunidad académica. Pero, 15 años después, la supuesta autonomía sigue excusando la impunidad, y el supuesto activismo sigue solapando el crimen. Y, curiosamente, aquí no hace falta ningún Virgilio Andrade para justificarlo.

Twitter: @robertayque