Todos somos yihadistas

Basta proclamarse terrorista, ecologista o anarquista para serlo; algo así como convertirse al islam, donde solo basta pronunciar la "shahada" para iniciarse musulmán.

Estos oficios antes tomaban años para dominarse pero, ahora, basta proclamarse terrorista, ecologista o anarquista para serlo; algo así como convertirse al islam, donde solo basta pronunciar la shahada —no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta— para iniciarse musulmán. Al Qaeda, por ejemplo, ha resultado una pesadilla porque sus miembros se aglutinan alrededor de una idea, más que de una estructura, organización o mando y, por ende, quienes se convertirán en operativos letales son dificilísimos de aislar y distinguir del activista vociferante pero inocuo presente en toda red social de postín: para brincar la rayita basta que cualquiera que simpatice con su discurso de odio, sin previo aviso, se levante de su teclado y tome una pistola o un kilo de explosivos para más pronto que tarde gozar de 72 vírgenes en el paraíso. Saber quiénes sí lo harán es prácticamente imposible; lo único seguro es que algunos lo harán.

Man Haron Monis, quien antes de emigrar de Irán a Australia se llamaba Manteghi Bourjerdi, ha dejado cuatros heridos y tres muertos —dos parroquianos y él— luego de tomar una chocolatería a punta de pistola y atrincherarse allí con cerca de 30 rehenes, obligando a un par de cautivos a sostener contra el vidrio una bandera negra con la shahada en letras blancas y, más tarde, a que registraran y subieran a la red videos con sus peroratas. Hasta que la policía australiana, que no se anda por las ramas, hizo explotar una de las puertas del local, baleó al perpetrador y terminó con el secuestro.

Australia no tiene historia de conflictos religiosos y su población se cuenta entre las más amistosas del planeta. Pero también es uno de los participantes en la coalición militar que encabeza Estados Unidos con la intención de detener el avance de Isis, grupo que ha llamado a todos los fieles musulmanes a matar a cualquier ciudadano de los países participantes y que, específicamente, planeaba filmar la decapitación de una persona elegida al azar en las calles de Sídney para demostrar su poderío y alcance. Ese plan fue desarticulado en septiembre, cuando 15 personas fueron arrestadas, pero no el llamado, escuchado por Monis, quien ya había sido condenado a 300 horas de servicio comunitario en 2012 por enviar cartas cargadas de insultos a las familias de ocho soldados australianos muertos en combate en Afganistán —uno en un atentado previo, en Yakarta—, y señalado como cómplice en 2013 en el asesinato de su ex esposa, apuñalada y quemada viva, con juicio pendiente. Él no era miembro de ninguna agrupación ni partido político, describiéndose a sí mismo como un sanador espiritual y un clérigo bajo el membrete de Jeque Haron, y comparándose con Julián Assange al achacarle las 40 acusaciones de agresión sexual a su cargo a motivos políticos.

El asunto es que Monis, como tantos otros, decidió un buen día en la soledad de sus habitaciones que salir a la calle a violentar y matar gente al azar era un llamado plenamente justificado por su religión o por su postura política o ideológica. En Australia hay dos muertos más por ello. En México no hemos pasado aún de un par de contusiones, cortadas, fachadas desfiguradas y cristales rotos; a ver hasta cuándo nos dura el gusto.

Pasando a temas más divertidos, la biografía de Jorge Castañeda es un recorrido amplio y morboso por la política contemporánea mexicana y mundial; quizá no sea apta para higaditos pero, los demás, no se la pierdan.

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