La villana favorita

No es secreto que la reducción en la tasa de natalidad es uno de los factores en la reducción de la pobreza. El mensaje que pide tener menos hijos para alcanzar un mejor nivel de vida lo repite el gobierno desde los 70.

Eso parece ser Rosario Robles. Quizá con razón; desde que se conocieron sus contubernios con Carlos Ahumada quedó muy mal parada en el ojo ciudadano. Pero asombra el tamaño de las cacayacas que le han caído por lo dicho en Los Encinos, Nayarit: “Oportunidades ya no va a beneficiar a las que tengan muchos hijos, sino que va a apoyar a las que tengan pocos hijos, porque la familia pequeña vive mejor y porque tenemos que pensar en estos niños y en estas niñas (…). Oportunidades lo que quiere es que esa familia salga adelante, y esa familia solo saldrá adelante si es una familia pequeña y tiene la posibilidad de educación, de salud, de una vivienda digna, de todo lo que nos garantiza nuestra Constitución”.

Condescendencias más o menos, no es ningún secreto que la reducción en la tasa de la natalidad es uno de los principales factores en la reducción de la pobreza. El mensaje que pide tener menos hijos para alcanzar un mejor nivel de vida lo viene repitiendo el gobierno de México desde los 70, donde los opositores al mismo han sido los movimientos cristianos, principalmente católicos, conservadores; el resto del espectro ciudadano lo ha apoyado mayoritariamente en los hechos: en los 60 cada familia mexicana tenía en promedio 7 hijos, y hoy son apenas un poco más de dos. Condicionar los apoyos públicos al cumplimiento de ciertas metas conducentes a la reducción de la pobreza u otras metas de interés social tampoco es novedad: sale sobrando hablar del muy conocido caso chino, donde se multa jugosamente a quienes tengan más de un hijo —excepto en el caso de las minorías étnicas—, pero menos conocido es el modelo indio, donde solo pueden aspirar a puestos legislativos locales quienes tengan menos de dos hijos. En Brasil, la Bolsa Familia, modelo madre de nuestro Oportunidades, subsidia a los hijos de las familias más pobres solo si éstos van a la escuela y cumplen con su cartilla de vacunación y, de la misma manera que en México, limita la ayuda a tres hijos sin que por eso nadie se haya levantado en armas. Encima, el apoyo llega solo hasta los 15 años, aunque esto puede extenderse más allá de esa edad siempre y cuando los chicos permanezcan en la escuela con buenas notas, y solo en el caso de dos hijos; hay que anotar que en el caso de familias en pobreza extrema los beneficios básicos, aunque son menores, se otorgan sin condición alguna. Caso interesante, por invertido, es el de países europeos como Francia, que en los 80 y 90, dado el crecimiento negativo en su población, gratificaba a las familias a partir del tercer hijo con descuentos sustantivos en educación y salud.

¿Por qué entonces las reacciones iracundas contra el mensaje de Robles? Quizá fue el tono, condescendiente y atrial. Quizá fue por haberlo dado en tierra Cora, entre mujeres indígenas a las cuales, antes que admoniciones, hubiera que dar herramientas de control natal que incluyan el castigo eficaz, sin miramiento hacia usos y costumbres, para las parejas que se rehúsan a tener sexo sin protección contra el deseo de sus mujeres; mujeres con un índice de analfabetismo que rebasa 30% cuando el de los hombres es de cerca de 20. O quizá fue porque, en las sierras nayaritas, como en muchas otras sierras mexicanas, los 3.5 hijos por familia se mueren más, y más jóvenes, y son aún necesarios para, por ejemplo, arar y recoger la leña.

Pero esa, claro, es otra historia; una que quizá perdemos de vista por conformarnos con pegarle a la villana favorita.

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