La tierra prometida

Lo triste es que las negligentes autoridades del paraíso perdido se aseguran de que el éxodo, en vez de comerse el mundo a través de la minoría más abundante en residencia en la tierra de las oportunidades, no logre nada más para nadie.

Es la una de la tarde y el parque revienta de familias futboleras. Las reinas de los equipos se pasean con sus ramos de flores y sus vestidos vaporosos, adornados con mucha pedrería; los caireles enlacados resistiendo lo mejor que pueden el calor. Los muchachos en uniforme las miran cuchicheando mientras los vendedores de fritangas van siguiendo a los niños que corren. El altavoz desde la mesa de honor, bajo una carpa de plástico azul rey, lanza corridos que se apagan solo cuando llega el mariachi.

Todo esto sucede en Ferris Point Park, en el Bronx, donde una liga mexicana de futbol fundada a mediados de los 70 aglutina 37 equipos deseosos de inaugurar los juegos. Pero antes deben desfilar tras sendas banderas, de México y de Estados Unidos, para ver si son elegidos por la cónsul de México en Nueva York como los mejor uniformados; impecablemente peinados y acicalados, llevan playeras que harían las pesadillas de cualquier globalifóbico: los patrocinadores son desde Telcel hasta Azerbaiyán —sí, el país—, Qatar Air y Banamex.  Sobre el pasto sin el menor rastro de basura se cantan dos himnos nacionales: el mexicano, que cuando suena provoca una genuina reverencia nacida, quizá, de la añoranza, y el “Star-Spangled Banner” —“La tierra que hoy nos acobija”, dice el animador—, que hace mover los labios, delatoramente, solo de los más pequeños: los nacidos en Estados Unidos que van a la escuela en inglés y que conocen México solo por las costumbres e historias de sus padres, en su mayoría, ilegales.

Más o menos cuando se fundó esa liga de futbol emigró Jaime Lucero. No hablaba inglés, no tenía dinero y, como la mayoría del millón y más de mexicanos que viven en Nueva York, era de Puebla. Las estadísticas dicen que Lucero debía quedarse alrededor de una década, trabajando como mesero o intendente, en la relativa comodidad de una ciudad hasta cierto punto amigable con los migrantes, para regresar luego de haber enviado las remesas suficientes para hacerle una casa a la esposa o a los padres y, quizá, comprarles una troca y una tele. Es un hecho que los migrantes mexicanos, aunque generalmente bien vistos por trabajadores y responsables —a excepción de la ocasional guarapeta—, salen de Estados Unidos, o mueren allí, tal y como entraron, mientras los indios, polacos o chinos se dedican a agenciarse un grado académico superior o un negocio propio. Botón de muestra: entre el universo de los migrantes, los mexicanos en Estados Unidos son los primeros en sacar a sus hijos de la escuela, pero para emplearlos, a su vez, como meseritos o correveidiles; para nada más.

Lucero es la excepción que la ausencia de una política exterior de largo aliento debía asegurarse fuera la regla: comenzó comprándose, con los ahorros de su salario mínimo, una camioneta para transportar mercancía y hoy, además del principal patrocinador de la liga de futbol mexicana en Nueva York, ha llegado a invertir más de 20 millones de dólares en maquiladoras textiles que operan desde San Salvador el Seco, en Puebla, empleando a cerca de 5 mil personas en México y a 250, casi todos paisanos, en su planta de Nueva Jersey.

Hay algo de cierto en eso de que lo mejor de México está en Estados Unidos. Lo triste es que las negligentes y miopes autoridades del paraíso perdido se aseguran de que ese éxodo, en vez de comerse el mundo a través de la minoría más abundante en residencia en la tierra de las oportunidades, no logre, aparte de una troca y una tele de plasma, nada más para nadie.

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