El robo del siglo

Enhorabuena que los aviones privados de los perros de Romero Deschamps los paguemos entre todos.

Y no, no acompaño en sus arcaicos sentimientos a quienes exclaman que el petróleo no se vende, se defiende, sino todo lo contrario: creo firmemente que los recursos naturales de un país deben usufructuarse al máximo con el fin de acrecentar el bienestar de sus ciudadanos y si la inclusión de inversión privada o extranjera en la industria de los hidrocarburos le va a dar más dinero a las arcas nacionales, no entiendo dónde está el anatema. ¿Que se van a robar los ingresos? Sí, pero ya se han robado por décadas los que provenían exclusivamente de carteras patrias y nadie ha hecho antes marchas por ello.

Ahora que si queremos hablar de robo, pongamos en la mesa dos cosas: una, la descarada corrupción y, conducente a ésta, la falta de transparencia del sindicato petrolero; y dos, el hecho de que los anteriores detallitos hagan sinergia con un régimen fiscal modelo ordeñamesta —Pemex paga cerca de 96 por ciento de sus ingresos por ventas internas, o 650 mil millones, más que todo el ISR recaudado en el país, o la mitad de los ingresos tributarios totales de México— y a una administración cuya propia corrupción alcanza proporciones oceánicas. Sin abordar nada de lo anterior la Comisión de Energía le hizo a la reforma energética un pequeño añadido en su artículo tercero transitorio: que una tercera parte de los cerca de 2 billones de pesos en deuda que se cargan juntos Pemex y la CFE —cerca de 1.3 billones la primera y 500 mil millones la segunda—, en mucho, por no decir en todo, por las razones anteriores, serán absorbidos por el ya grandemente endeudado gobierno federal. Es decir, que deberemos pagarlos los ciudadanos.

No que esa deuda nos fuera ajena. Las empresas públicas nos pertenecen a todos, sí, pero no nomás la salchicha, sino todo el marrano: Pemex nos engalanaba tanto con el oro negro de López Velarde como con las finanzas negras de López Portillo. Ahora nos dicen que esa deuda le estorbará a la compañía nacional en su competencia con BP, Shell, Exon y demás, y que habrá que apoquinar para solventarla ya no solo en papel, sino en papel moneda. La condición es que el sindicato petrolero modifique el contrato colectivo para permitir los individuales y baje el monto de las pensiones, cuyos términos se negociaron cuando los dinosaurios caminaban por entre los pinos sin que hubiera mecanismos claros para fondearlas. Inserten aquí las risas grabadas.

Ricardo Aldana, tesorero del sindicato y su presidente del Consejo de Vigilancia, que en sus ratos libres se dedica a diputado, dio su beneplácito a la idea diciendo que la eliminación de la deuda permitirá mayor competencia y viabilidad al sanear la empresa, sí, pero que en modo alguno el sindicato permitirá que los empleados emigren hacia cuentas individuales ni que se reduzcan los beneficios de las pensiones. O sea, enhorabuena que los aviones privados de los perros de Romero Deschamps los paguemos entre todos, pero qué malo que algunos de los mecanismos que permitieron eso vayan a ser acotados; lo de bajar las pensiones, al margen del espíritu corporativista que dio origen a sus términos actuales, quizá sea una mentada de madre pura y dura, pero el no permitir contratos individuales obligando en vez a todos los sindicalizados a pastar en el mismo corral también lo es.

No que importe; Aldana salió muy indignado del pleno y el añadido fue aprobado por 22 votos contra siete. Los mexicanos debemos ahora un 30 por ciento más que la semana pasada. Y ni modo de culpar al futbol ni a Mamá Rosa.

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