Somos un peligro para México

Más fácil que pensar en los vicios del carácter nacional que nos tienen en el hoyo es culpar a Calderón, al títere de Televisa, al capitalismo o a quien sea; a todos, menos a nosotros mismos.

Un niño tabasqueño de 10 años se metió a un jardín vecino a robarse unos mangos. No pudo: allí estaba Tomasa, la perrita de la casa que acababa de dar a luz, quien salió disparada ladrando a perseguir al invasor. El niño tuvo que retirarse, pero no por mucho tiempo: regresó con un machete y le partió al animal, por el pecado de defender a sus crías y a su casa, el hocico. Tomasa quedó tuerta y deforme pero, gracias a la insistencia del veterinario, viva.

En Tamaulipas, uno de los niños que aventaron a Alejandro Méndez hasta causarle la muerte por contusión declaró que fue la maestra de español, Denisse Soiré Serna, quien en plena clase les pidió lo volvieran a aventar: estaba distraída revisando unas libretas y no vio las primeras dos lanzadas. A la tercera la cabeza del niño azotó contra el piso. Cuando lo vieron mal, los compañeros lo sentaron mientras Serna se retiraba del salón. Lo sacaron al patio y allí comenzó a vomitar sangre. A los seis días estaba muerto. ¿Y la docente, sin título pero en el puesto porque heredó la plaza de su madre? Hasta el envío de este texto, sigue prófuga.

En la primera viñeta vemos uno de los usos y costumbres más arraigado en el mexicano promedio: cuando alguien rompe la ley y, en el proceso, sufre las consecuencias de sus actos —y no hablamos aquí de justificar injusticia con injusticia; aunque alguien haya delinquido, ser manoseado por los granaderos o ser levantado sin orden de arresto es enteramente reprobable, y enteramente otro asunto— se considera víctima con todo el derecho de vengarse, aunque sea contra quien originalmente defendía su propiedad, su vida o sus derechos. ¿Apedreo cristales y saqueo productos imperialistas como gansitos y coca-colas el 2 de octubre y me arrestan? Grito represión, formo un colectivo, me uno a los 132 y me vuelvo héroe. ¿Macheteo a una perrita cuando intentaba robar su casa? Soy un pobre que solo quería lo que la vida me ha negado, un maltratado por la sociedad, como gustan decir nuestros activistas católicos hasta de los narcos pero que, extrañamente, no le extienden la misma disculpa a nadie más. ¿Y la perra mutilada? ¿Y sus dueños? ¿Y los 8 mil pesos que hasta ahora ha costado curarla? No, pues eso les pasa por no dejar robar al pobrecito niño que, seguro, no sabía lo que hacía cuando le sacaba el ojo por pura muina al que sí llamamos animal.

En el segundo caso vemos la abulia, la mediocridad, el ya no le muevas que permite, en este caso como en tantos otros, que personajes sin la menor capacidad ni vocación asuman posiciones de autoridad amparados por mitos históricos que en realidad son excusas para la rapiña, personal o institucional: ¿cuántas maestras y maestros así siguen parasitando sin que nadie pueda llamarlos a cuenta, gracias a un sindicalismo corporativista diseñado para apuntalar a la vieja dictadura, no para educar a nadie, los espacios donde debía formarse el futuro de México? ¿Quién responde por las agresiones, ya no al cuerpo, sino a la inteligencia, a la voluntad y al juicio crítico de quienes luego serán los pilotos del secretario de Gobernación, los peritos de los edificios de Pemex, los inspectores de las guarderías, los ingenieros de las líneas del Metro o los arquitectos de los monumentos públicos?

Pero más fácil que pensar en los vicios del carácter nacional que nos tienen en el hoyo es culpar a Calderón, al títere de Televisa, al capitalismo o a quien sea; a todos, menos a nosotros mismos.

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