El país de nunca jamás

La reforma educativa es hoy una realidad, o eso nos dicen, porque las marchas y los plantones contra ésta no acaban y el Monumento a la Revolución es más que nunca un grandioso basurero para los sueños de un país que cíclicamente se imagina a sí mismo grande y próspero. El gobierno de calidad y excelencia de Oaxaca sigue depositando sus dídimos en las manos de los líderes magisteriales para que hagan de ellos y de las aulas lo que quieran, y una buena parte del magisterio nacional se dispone a hacer exactamente eso sin que ningún docente haya sido despedido por faltar más de tres días, ni detenido por disparar balas o aventar piedras en la recuperación de los planteles y los niños que antes abandonaron a su suerte: una ley más que irá al cesto de las letras muertas.

En cuanto al asunto del narco, sí, ha seguido habiendo detenciones de capos, pero no mucho más, a pesar de que todo señala que esos descabezamientos son la manera menos efectiva y más disruptiva de enfrentar el problema: los programas educativos y sociales no asistenciales —es decir, no electorales—, los que buscan fortalecer la cultura cívica y de la legalidad en las casas y en los barrios y que por ende coartan la semilla de la narcocultura desde la raíz, son inexistentes. Los mecanismos para acotar el poder financiero de los cárteles, como el lavado de dinero y los negocios fachada, son pobres. El combate a los delitos periféricos como el secuestro, la extorsión, la trata de migrantes y el robo de carga en carreteras federales es nulo; todos los anteriores delitos van en aumento. La infiltración del narco en los cuerpos policiacos, sobre todo los locales, incluido hasta las amígdalas el de la Ciudad de Vanguardia —sin cuya ayuda el secuestro del colombiano, la masacre del Heaven y otros bonitos sucesos jamás hubieran sido posibles— es, además de completa, reiteradamente minimizada o negada. Ahora bien, aunque para los fines anteriores milagrosamente amaneciéramos como en Finlandia, la corrupción e ineptitud de nuestro Poder Judicial sería suficiente como para regresarnos a Uganda de un patadón, y apenas un par de sufridos documentalistas parecen interesarse en esa debacle.

La reforma energética que no termina de salir del horno —ya merito, dicen— ya tiene sin embargo amarrados no pocos contratos o precontratos para aumentar nuestra capacidad de extracción en aguas profundas y la de transporte marítimo de crudo; las más recientes negociaciones han sido con el gigante escandinavo EMGS y con navieras de Singapur, españolas y surcoreanas. ¿Albricias? No precisamente: por una parte existe el riesgo de que en la siguiente elección la izquierda unida, una y otra vez vencida, eche vía referendo todo para atrás, como los proverbiales cangrejos. Por otra, Pemex pagó el año pasado 69.4 mil millones de dólares en impuestos de 69.9 mil millones en utilidades: 99.7 por ciento. ¿Y lo previsto al respecto en la flamante reforma fiscal? Ah, qué caray: el tributo a Lolita quedará, aunque bajo diferentes estructuras, más o menos igual, asegurando que, con o sin reformas, Pemex seguirá siendo la misma caja chica de siempre e inviable como empresa. ¿Cuál es entonces la apuesta? Por lo visto, la del modelo Echeverría: que, con o sin sustento económico, haya mucho y muy lucidor efectivo circulante, que al cabo a la hora de pagar la cuenta el error de diciembre le pertenecerá a la siguiente administración. O generación.

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