Los niños migrantes

Sería magnífico que México usara su poca o mucha influencia en la zona para promover un diálogo multinacional sobre las causas que arrojan de sus casas a nuestros niños.

Con la mota y con el petróleo hemos optado por la vía del cangrejo: mirar hacia atrás. Ya veremos si nuestra política exterior sigue el mismo camino, jugando dignamente al avestruz, o si decide asumir un protagonismo a la altura de nuestras riquezas naturales, culturales e históricas, y de nuestra particular ubicación geográfica que, a veces, se asume como maldición en vez de como ventaja. Como el villano favorito ya usó la carta cultural con la exposición de México, esplendor de 30 siglos, situarse entre Estados Unidos y el resto de América Latina nos da hoy, aunque sea malhadadamente por la crisis de los niños migrantes, la oportunidad de tener voz en una crisis compleja que, sin querer queriendo, ha proyectado a México a un plano protagónico.

Honduras, con el récord mundial de asesinatos; El Salvador, con el segundo lugar; Guatemala, territorio zeta y número cinco en esa lista, y México, cuyas galas no necesitan descripción, son los países que arrojan a 74% de estos niños hacia el norte. La mayoría huye de la violencia, de los cárteles y no, que cada vez más anida en nuestros países corruptos e institucionalmente débiles: del narcotráfico, de la extorsión, del secuestro, del tráfico de personas, de la impunidad y, en suma, de la ausencia de un estado de derecho: el problema no puede verse ya como uno meramente migratorio, sino como una crisis humanitaria pura y dura que, vaya sorpresa, acumula a más refugiados de los que el sistema puede procesar. Y no hablamos de Siria, sino de Texas, Arizona, Nuevo México y California. Obama, alarmado por los casi 40 mil menores que cruzaron solos en 2013 —59% más que en 2012 y 142% más que 2011; los albergues, que el año pasado atendieron a 25 mil menores, han pasado de ser 33 en 2005 a 80 en 2013, pero siguen estando desbordados, con sus residentes cautivos en condiciones precarias—, ha optado por tomar las medidas punitivas de siempre; la Casa Blanca ha pedido al Congreso 1.4 mil millones de dólares adicionales para atender la emergencia, pero casi todo irá a reforzar la frontera para asegurarse de que los peregrinos no lleguen a Belén.

Temas que se quedan inexplicablemente al margen del análisis: los estadunidenses difícilmente dejarán de abordar las drogas —y casi todo lo demás— desde la perspectiva policial, al final decimonónica y puritana, dejando en la parte de atrás del cajón la óptica de la salud pública, aunque ésta resulte mucho más efectiva y socialmente benéfica que aquella; los números desde Colorado son botón de muestra: desde la legalización de la mota recreativa, hace 6 meses, el crimen ha bajado allí un 10%. Otro caso para la araña: muy pocos señalan como causal importante de la recurrencia de la pobreza en las zonas expulsoras a las Iglesias y demás grupos de influencia dogmáticos y conservadores que, entre otras cosas, fustigan el control natal y la ilustración, sobre todo la de las mujeres; o sea, de las futuras madres de los pequeños migrantes.

Sería magnífico que México usara su poca o mucha influencia en la zona para promover un diálogo multinacional, serio y sustantivo, sobre las causas, no solo los efectos, que arrojan de sus casas a nuestros niños. Porque podemos hacernos todo lo bueyes que queramos, pero lo único que puede parar esta larga marcha al norte es la mejora sustancial en las condiciones de vida de los países que originan la migración. No es un asunto de lucimiento o de frivolidad: cuando esa niñez crezca sin soluciones, ¿qué le espera a América del Norte?

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