La niña de "Wired"

La escuela de Paloma Noyola, la primaria José Urbina López, está pegada a un basurero en Matamoros, Tamaulipas, ciudad fronteriza asolada por las balas del narco. Allí, como en la mayoría de las escuelas mexicanas, pobres y ricas, públicas y privadas, se aprende por memorización de currículum cerrados, centrados casi exclusivamente en contenidos —rara vez en habilidades— replicados año con año por maestros que, a veces en una voluntaria comodidad y medianía, se instalan en un papel de loros glorificados.

Entra a escena el maestro Sergio Juárez Correa. Un elemento más del sistema de educación pública, apenas con un título de normalista, tan pobre como sus alumnos e igual de aburrido en las aulas que ellos. Por sus tanates comenzó a investigar y encontró el trabajo de Sugata Mitra, experto en tecnología educativa que reconoce al alumno como ente activo, independiente, formador de su propio conocimiento y semilla de habilidades críticas y de resolución de problemas imposibles de lograr bajo pedagogías tradicionales. Y, con todo y una pobreza que para otros sería excusa para el eterno subdesarrollo, en esa escuela de Matamoros otro mundo se hizo posible. Wired lo señala como el descubrimiento de la rueda, pero la realidad es que la enseñanza activa con distintos grados de independencia funciona desde hace décadas en escuelas tan diversas como las Montessori o los programas del Bachillerato Internacional; lo nuevo aquí es el acceso casi irrestricto a la información global, cortesía de internet.

El asuntito es que en Matamoros, como en buena parte de México, los apagones son la norma, las computadoras son, para niños como Paloma, aún un artículo de lujo e internet es errático, caro y lento: luego de que su desempeño la ubicara en 2012 a la cabeza nacional de la prueba Enlace, el entonces alcalde le regaló una laptop con un módem móvil… que solo funcionó un día. Esto y el hecho de que la mayoría de nuestros maestros difícilmente aceptarán o siquiera entenderán un salón de clase donde la fuente del conocimiento y de la autoridad —hasta ahora, exclusivamente ellos— es volteada de cabeza, donde la comodidad de un currículum ñoño y temático desaparece para dar paso a campos epistémicos —ciencias duras, humanidades, lenguas, arte, etcétera— y donde la clave del éxito es el respeto a la inteligencia propia de cada alumno. Ante nuestro aparentemente irreparable sistema de educación pública —que incluye en su obsolescencia al sindicato y a la SEP, pero también a los rígidos y acríticos usos y costumbres familiares y nacionales como un todo—, hay una opción arriesgada pero viable: la de dotar a nuestros niños de una computadora personal básica y gratuita, con conexión libre a internet, y dejarlos que rebasen al sistema ellos solitos: el programa One Laptop Per Child (OLPC) lo ha hecho realidad ya para sitios tan cercanos a nosotros como Uruguay, donde prácticamente todo alumno de primaria ha recibido o está por recibir su ventanita al mundo.

Y, ¿en México? Aquí se pidieron 240 mil computadoras para los casi 19 millones de niños en educación básica, pero la compra inicial fue cancelada por irregularidades en su licitación y, aunque acaba de ser adjudicada de nuevo, no fue para la sin fines de lucro OLPC, sino para tres empresas mexicanas que a su vez harán negocio comprándole las laptops a una maquila China.

A ver si eso también sale en Wired.

Twitter: @robertayque