La moda gay

Mientras las aulas estén en manos de parásitos cavernarios, los contenidos curriculares, el desarrollo del juicio crítico y la solvencia intelectual de quienes hacen nuestras leyes no tendrán en México la menor importancia.

La Comisión Ordinaria de la Familia y el Desarrollo Humano quedó compuesta por su presidente, José María Martínez Martínez, del PAN; dos secretarios, Adolfo Romero, del PRD, y Lisbeth Hernández, del PRI, y como miembros Ninfa Salinas, del PVEM, y Martha Palafox, del PT, con el fin de “defender y hacer efectivos los derechos humanos de los integrantes de las familias”, cualquier cosa que esto signifique.

A la fecha, la comisión no se ha reunido ni una sola vez, pero Salinas ya renunció “por carga de trabajo” y Romero y Palafox aclararon que lo hasta ahora rebuznado por Martínez Martínez ha sido a título personal. El perlario del senador es digno del manto de la virgen, para usar un lenguaje acorde: según el egresado del ITESO y de la Panamericana, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y algunos estados —el DF, único mencionado por su nombre— se han pasado de tueste al legislar a favor de la inclusión jurídica de las parejas homosexuales porque esto, lejos de ser parte de cualquier agenda de derechos humanos que se respete, es una “moda, tendencias” que “no le significa nada a la mayoría de los mexicanos”. Para el legislador, el único modelo aceptable, aunque en los hechos represente menos de la mitad de las familias existentes en el país, sería el formado por un hombre, una mujer y los hijos que Dios les dé —vestidos de rosa las niñas y de azul los varoncitos, supongo y, a lo mejor, un perro, pero no de esos lúbricos que andan cogiendo las patas de las mesas a cada rato—, y remató con que las familias compuestas por padres del mismo sexo “no son una familia, son un matrimonio entre personas del mismo sexo (¿¿??)” que, encima, no debían adoptar ni criar hijos porque “confundirían su identidad de género”.

Ante esta muestra a prueba de balas de pensamiento religioso —pensamiento religioso, por cierto, no se refiere a las reflexiones de quien practica alguna doctrina, sino a la afirmación de conclusiones no basadas en evidencias concretas y replicables o empíricas, sino en creencias, asumidas sin sustento en la realidad: la astrología, los amuletos para la suerte o la República Amorosa, por ejemplo— sería ocioso mencionar el alud de datos duros que contradicen a Martínez Martínez. Y eso es lo preocupante del asunto: que tengamos en posiciones de poder, con plena autoridad para tomar decisiones capaces de afectar las vidas de todos, a personas que deciden según su cosmovisión particular y sin la menor capacidad o intención de cuestionarla a la luz de la razón, como hacen los verdaderos hombres y mujeres de Estado; al menos, en los países democráticos. Aunque eso tampoco debía sorprender a nadie: según encuesta del Conacyt difundida en 2013, 55 por ciento de los mexicanos —o sea, la mayoría— considera que “debido a sus conocimientos, los científicos tienen un poder que los hace peligrosos”, y casi 30 por ciento afirma que los seres humanos no se desarrollaron de la evolución de otras especies, sino que fueron creados tal cual, con un 10 por ciento que no tiene idea.

No me pregunto cuánto falta para que alguno de nuestros legisladores comience a abogar para que en el currículum escolar nacional aparezca como bueno el diseño inteligente. No me lo pregunto porque no es necesario: mientras las aulas mexicanas estén en manos de grupos de parásitos cavernarios heredados de la vieja dictadura, nimiedades como los contenidos curriculares, el desarrollo del juicio crítico y, al final del camino, la solvencia intelectual de quienes hacen nuestras leyes, no tendrán en México la menor importancia.

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