El milagro brasileño

Un par de años de crecimiento no hicieron de Brasil una economía confiable, de la misma manera que una portada de Time no convierte a México en un país moderno. Los milagros no existen.

El Brasil de Lula, el que acababa con la pobreza, se convertía en el niño mimado de los capitales internacionales, encarnaba las esperanzas de los proponentes de la tercera vía y hacía de las nubes terciopelo, hoy parece desmoronarse en la administración de su sucesora, Dilma Rousseff, como un pao de acúcar. Pero en su momento lo mirábamos con envidia y clamábamos que dónde estaba ese inexistente milagro mexicano que gritaba su factibilidad desde el sur, mientras nosotros veíamos hundirse a nuestro país en un baño de sangre y de enconos aún más espesos e indelebles.

Lo que nunca cuadró del todo fueron las cifras, el dato duro que suele importar a tan pocos: el país percibido por los medios como el de la samba, la prosperidad y la alegría siguió siendo el de la corrupción, la violencia y la desigualdad: sí, sus programas sociales, muy jóvenes para arrojar resultados definitivos, cubren a más de 25% de la población más pobre con mejoras tangibles en alimentación y educación, pero también los asesinatos, a pesar de prácticas policiacas que acá tendrían a nuestros rasgadores profesionales de vestiduras en absoluto silencio —si no, en la clandestinidad o en la cárcel—, distinguieron a Brasil como el décimo lugar del mundo para morir violentamente y, aunque el PIB creció 7.5% en 2010 —2.7% en 2011 y solo 0.9% en 2012—, la corrupción pública y privada siguió en la abundancia.

Con todo, el estruendo triunfal de las vuvuzelas lo acalló todo y anunció al mundo que Brasil había llegado, y qué mejor manera de hacerlo que con un Mundial y unas Olimpiadas. Un poco como el padre pobre a quien le cae una lanita y decide, en vez de juntar para mejorar la casa o para la universidad, hacerle a la hija el quinceaños más derrochador del pueblo, aunque la familia deje de comer y se endeude.

Y es que un par de años de crecimiento no hicieron de Brasil una economía confiable, de la misma manera que una portada de Time no convierte a México en un país moderno. Si los ciudadanos siguen siendo clientelares, corruptos y acríticos, carentes de cultura cívica y con un patriotismo que no trasciende los gritos borrachos del día festivo, pueden ir y venir las campañas, los jingles, los eslóganes y las esporádicas vacas gordas: a largo plazo no habrá remedio posible.

Los chinos, con todos los bemoles de su modelo, anunciaron al mundo con su Olimpiada de 42 mil millones de dólares los albores de su nuevo imperio. Pero eso fue después de casi dos décadas de un crecimiento sostenido de entre 7 y 14% al año, y mucho después de haber llevado a puerto unas transformaciones económicas, educativas y sociales sin duda draconianas pero hoy firmemente en su sitio. Como el padre rico que, luego de años de partirse el lomo y habiendo pagado ya la casa y el coche, arma un quinceaños digno del rey Midas y, al día siguiente, sigue más o menos con su misma vida.

El gobierno brasileño, en cambio, quiso a la primera cosecha, a punta de periodicazos, saltarse esos años de trabajo, de transformación y de reestructura del Estado. Se nota: ni siquiera terminó del todo la infraestructura prometida para el Mundial. Y buena suerte usándola, esté como esté: su población está en pie de guerra al ver permutada la vieja inversión pública en bienestar por domos de concreto.

Y es que los milagros, creamos en ellos o no, no existen, y los elefantes blancos, ya se sabe, no se comen.

http://twitter.com/robertayque