Para leer los diarios

El papel de "ombudsman" no parece existir para el periodismo mexicano. Así las cosas, lo mejor es abandonar las trincheras. Eso o, como decía Fox, alcanzar la felicidad dejando de leer los diarios.

Todo comenzó cuando los dueños del diario La Razón presionaron al siempre crítico Fernando Escalante para que en su columna no tocara más al periódico La Jornada. Pablo Hiriart, director de La Razón, apuntaría después en una entrevista radiofónica que esas presiones no se originaron en la redacción, sino afuera, desde la directora del periódico aludido, Carmen Lira, quien, además, habría pedido omitir criticar a Maduro con todo y sus pajaritos. Escalante prefirió renunciar y, semanas después, en solidaridad, Hiriart hizo lo propio; los demás editorialistas de fusta y fuste los siguieron en filita india, quedando esas páginas de opinión tan desplumadas como el proverbial gallo giro. El incidente hace recordar, toda proporción guardada, la expresión de Winston Churchill cuando el canciller británico, Neville Chamberlain, puso cara de “¿y yo por qué?” frente al Anschluss de los nazis: “Nos han dado a elegir entre la vergüenza y la guerra: escogimos la vergüenza. Y tendremos la guerra”.

Tanto como guerra no pero, además de perder a sus opinadores, la credibilidad que hubiera podido construir LaRazón ha quedado, a estas alturas, en entredicho. Con todo y eso, las cartas de renuncia de sus colaboradores han sido publicadas allí a cabalidad, mientras que La Jornada se ha refrendado como un diario autoritario, enemigo de la crítica, adverso a la transparencia y dispuesto a hacerle a cambio de quién sabe qué el trabajo sucio a un par de impresentables gobiernos extranjeros. Uno se pregunta dónde están los siempre vocales defensores de la soberanía y de la libertad de prensa —los 132, por ejemplo, o Reporteros sin fronteras y Artículo 19— cuando claramente se les necesita para esclarecer esta doble censura. De entrada falta un dato clave, uno que Hiriart omitió mencionar al renunciar: ¿qué motivos tuvieron los dueños de La Razón para acatar las exigencias censoras de Lira, o de dónde viene el inexplicable músculo del periódico de izquierda sobre el de derecha, hermanados hoy, además de por este feo asunto, por publicar ambos una generosa cantidad de notas cubriendo Los Pinos?

La realidad es que no hay, ni probablemente habrá, un solo dato duro que pruebe lo que días después comenzó a aparecer en la rumorología de las páginas editoriales de otros diarios: que La Jornada obtuvo información que vinculaba a los dueños de La Razón con una empresa de muy dudosa reputación, quizá Oceanografía, y que amenazó publicarla si las críticas en su contra y contra sus dictadores favoritos no cesaban. De ser esto cierto el hecho se llamaría, pura y simplemente, extorsión y, hasta donde yo sé, en México es delito. El problema aquí es que, aparte de Hiriart, ni Escalante, Lira o los dueños de La Razón han dicho esta boca es mía. Difícilmente el ex director se aventuraría a inventarse un papelón de esta naturaleza de la nada, pero Dios está en los detalles y, hasta ahora, no tenemos altar alguno dónde encomendarnos aparte de las demás cartas de renuncia que poco o nada más aportan a la original de Hiriart.

Ante este silencio, ¿qué ombudsman podrá defendernos? Con la pena pero, fuera de grupúsculos sexenales con agendas tan políticas como de pacotilla, ese papel no parece existir hoy para el periodismo mexicano. Así las cosas, lo mejor es abandonar las trincheras, dudar sistemáticamente, mirar los hechos sin escuchar a las vísceras y ejercer descarnadamente el juicio crítico. Eso o, como decía san Vicente de Fox, alcanzar la felicidad plena dejando de leer los diarios.

http://twitter.com/robertayque