¿De qué lado estás?

La ley no se aplica según curvas estadísticas. Exigir castigo para los "narcopolíticos" es urgente, pero es tan parte del entramado de la ley como el que los normalistas reparen destrozos causados a terceros por sus seguidores y en su nombre.

Esta horrible pregunta se la han espetado últimamente a un par de colegas. Horrible por tramposa y maniquea, porque no se les planteó para pedirles una genuina definición de posturas, sino para hacerlos ver como cobardes o moralmente inferiores por no tragarse con todo y pastas el evangelio de lo políticamente correcto: por el mero hecho de dudar, de pensar de manera crítica ante sucesos de por sí complejos. Quienes preguntan, por supuesto, no se molestan en nimiedades, asumiéndose a sí mismos como del lado “correcto”. No sé qué cara habrán puesto cuando a uno de ellos le dio por contestar: estoy del lado del periodismo.

La viñeta es apenas el reflejo de un mal mayor: los problemas de México no suelen discutirse con argumentos, sino con porras; las críticas son complós; los periodistas no buscan lectores, sino fans y las posturas ideológicas o partidistas no son usadas para construir de una u otra manera el bien mayor, sino como cotos de poder exclusivo o trincheras infranqueables, tan discriminatorias y absurdas como las de cualquier club campestre, pero sin la alberca. Así, contra toda evidencia no falta quien acuse a EPN de la desaparición de los normalistas —más allá de la responsabilidad que sin duda tiene por los problemas, entre otras cosas, ocasionados al gobernar para la mercadotecnia primero y los resultados después, pero eso es otro asunto—, y buena parte de los habitantes de la capital viven bajo la impresión de que el mero hecho de militar en algún partido denominado de izquierda brinda cierta superioridad moral. Hay que decir que las lecciones desde Iguala parecen haber enfriado un poco ese credo; luego hablamos de que la mejor manera que encontraron para manifestarlo fue agarrando a Cuauhtémoc Cárdenas a pedradas.

El asunto es que nuestras luchas nacionales parecen ser guiones de telenovelas o cuentos de hadas para adultos larvarios, siempre entre buenos y malos y nunca entre legalidad e ilegalidad: los malos, entre otras caricaturas, son los políticos, las policías y los pirrurris, y los buenos serían los estudiantes, el abstracto pueblo, los luchadores sociales siempre reprimidos y uno que otro sacerdote o periodista “comprometido”, mismos que se dedican a reforzar estas visiones maniqueas, aunque asibles y reconfortantes y por ello —sobre todo por ello—, populares.

Basta un ejemplo para ilustrarlo: no, por supuesto que no es comparable robarse un camión o romper un cristal con ser entregado por la policía al hampa, pero nos guste o no la ley no se aplica según curvas estadísticas, ni lo último le quita lo delictivo a lo primero: exigir castigo para los narcopolíticos es mucho más urgente y grave, pero es tan parte del entramado de la ley como el que los normalistas reparen los destrozos causado a terceros por sus seguidores y en su nombre. Tampoco ventilar el tema convierte al mensajero incómodo en enemigo de los buenos o en apologista de los malos; los términos del debate nacional no serán ni remotamente tan románticos como los que imperan hoy, pero si lo que queremos para México es democracia y justicia plena no podemos, como en los países autocráticos y bananeros, ver a la ley como instrumento susceptible de excepciones, omisiones o interpretaciones subjetivas para nadie. Esto va también, por supuesto, para los exilios expeditos y callados negociados a cambio de impunidad extendidos a gobernadores y otros funcionarios incómodos. Pero esto es, una vez más, otro asunto.

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