Los infiltrados

Presionado por los chicos, uno de ellos se destapó y sacó una credencial de una organización civil sin relación con la UNAM.

Los estudiantes que el sábado se manifestaban por la intrusión en su campus de un policía de la PGJDF se encontraron frente a Rectoría con un contingente de enmascarados. Estos comenzaron a arrojar piedras y palos, rompiendo un par de ventanas. Los unamitas hicieron entonces algo que se extraña por no haber sucedido antes en otras marchas y protestas: los rodearon y les pidieron quitarse las máscaras, parar la violencia y demostrar que realmente eran estudiantes o marcharse. Presionado por los chicos, uno de ellos se destapó y sacó una credencial de una organización civil sin relación con la UNAM, donde su nombre decía ser Luciano Arístides Avilés.

Noches antes, en la marcha al Zócalo para pedir el esclarecimiento de la desaparición de los 43 normalistas, un encapuchado que llevaba la voz cantante en los molotovazos y las pintas a Palacio Nacional quedó separado de su grupo, frente a la puerta y detrás de los policías. Varios medios electrónicos, algunos de prestigio, difundieron esa imagen como prueba de que los tapados eran en realidad gente al servicio del gobierno federal: provocadores que pretendían desacreditar el legítimo reclamo de la sociedad. Poco después un portal desmintió la acusación, aclarando que el encapuchado era realmente un reportero a su servicio enviado para cubrir todo lo relacionado al crimen de Iguala: “Así lo hicimos hasta hoy, incluyendo la movilización de la noche del sábado 8 de noviembre, donde un grupo de personas prendió fuego a la puerta principal de Palacio Nacional. Haciendo trabajo periodístico para Criptograma Mx, se encontraba en la manifestación nuestro compañero reportero Luciano Arístides Avilés (…) Criptograma Mx rechaza categóricamente que nuestro reportero haya en algún momento instigado a los manifestantes a destruir un bien público, Patrimonio Cultural de la Nación”.

Cuando en septiembre de 2009 arreciaron los bombazos en los cajeros automáticos de la capital, los grupos ecoanarquistas Frente Subversivo de Liberación Global y Liberación Total se adjudicaron los atentados. La difunta revista que yo dirigía entonces fue la primera en apostar, por sus explosivos artesanales y por la selección de los blancos, por la autoría de esos grupos dispersos, autogestionados y aglutinados solo bajo la intención: a la fecha, basta con bajar de internet las instrucciones para hacer una bomba de clavos, vestirse de negro y comprarse una máscara de Guy Fawkes —personaje más cercano al fanatismo de Isis que a cualquier intención libertaria, pero no es momento de hablar de analfabetismos— para bautizarse anarquista; entonces, uno de sus combatientes posó para nuestras cámaras en pasamontañas y cargando en una mano un mazo y, en la otra, un tierno conejito.

En el caso de Avilés, nadie dice que no se pueda ser reportero y vándalo a la vez, pero el hecho es que, a pesar del deslinde, el interfecto ha sido visto comportándose más como lo segundo que como lo primero. Al margen del conflicto ético, nada de esto es realmente de cuidado; problema sería que los narcos comenzaran a financiar, a unificar y a entrenar de lleno a estos grupos —y me refiero tanto a los periodistas como a los porros— para sus propios fines desestabilizadores; ya lo han hecho, esporádicamente, en el norte de la República, pero el mal amenaza con extenderse. Si eso sucede, no quiero pensar en que para enfrentarlos estarán allí un procurador cansado, medios voladores de notas y policías como el que mató a la perra Mika.

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