La imagen

No dejo de preguntarme, ante la abundante cantidad de funcionarios con la cara de angelito pero cola de pescado si, como el manazo al zar de la basura, el gesto no es mercadotécnico.

César Camacho, líder nacional del nuevo PRI, justificó así la decisión de separar a su similar en el DF cuando se supo que las chicas que éste contrataba como edecanes debían darle servicios profesionales más allá del llamado de cualquier deber: para no “afectar la imagen del partido”. De entrada habría que cuestionar la mexicana costumbre de contratar señoritas para enfundarlas en la menor cantidad posible de licra con el único fin de adornar el salón —y una que otra imaginación necesitada—, pero ése es otro tema. El que aquí me atañe es que la razón oficial para separar a Cuauhtémoc Gutiérrez de su cargo no fue la corrupción, la violencia en sus usos y costumbres ni el posible padroteo, sino “la imagen”.

Caray, si una de las ventajas que tiene el PRI es que su imagen es tan mala que difícilmente podría ser peor; los demás en modo alguno se comportan diferente, pero hay almas dulces que, con o sin Televisa que los idiotice, siguen sin creerlo cada que en el PAN no imperan la moral y las buenas costumbres y en el PRD no reina la honestidad valiente. Por eso sorprendió la celeridad con que separaron de su cargo a Gutiérrez, barajando incluso su posible expulsión del partido que por años lo cobijó a él y a sus padres bajo montañas de basura —literal y metafórica— y arrancándole a la leal oposición cualquier grito de guerra; el buen reportaje de Aristegui abre apuntando que aunque el PRI no gobierna la capital, acaba de recuperar la Presidencia. La precisión, que nunca tuvo que ver con el meollo del reportaje, suena, tras el cese fulminante de Gutiérrez, más sobrante que nunca.

La mala es que el personaje difícilmente enfrentará la justicia; tendría que haber denuncias formales, testimonios múltiples y otras pruebas duras de que hubo un intercambio de dinero por favores sexuales para que se proceda legalmente contra él. La buena es que, aunque el castigo les quedará corto, el zar de la basura, el Dipuhooligan y los demás próceres que los acompañan pasarán muchos años en la congeladora.

El caso de Jesús Reyna es, hasta cierto punto, similar; en todos los años del fracasado combate contra el crimen organizado en México pocas veces se habían afectado los intereses que permitieron aquí la expansión y permanencia del narco: las cárceles se llenaron de menudistas y las morgues de capos, pero han quedado vírgenes tanto las estructuras financieras como las complicidades políticas. El establecimiento total de la narcocracia en, entre otros, Michoacán, Tamaulipas, Veracruz, partes de Nuevo León, Chihuahua, Quintana Roo, Guerrero y, desde años atrás, Sinaloa son incomprensibles sin el apoyo directo o cuando menos la aquiescencia de los gobiernos y, sin duda, de las policías estatales y municipales. Jesús Reyna, ex gobernador interino y hasta el viernes secretario de Gobierno de Michoacán, es apenas la punta del iceberg de la infiltración del narcotráfico en la política nacional. Es apabullante, por ejemplo, la cantidad de empleados de la administración de Vallejo —López-Dóriga cuenta que éste supo de la detención de Reyna por un tuit suyo; falta ver si es o si nomás se hace— que dobleteaban como esbirros de La Tuta.

Haiga sido como haiga sido, hay que congratularse del hecho. Sin embargo, sospechosista como soy, no dejo de preguntarme, ante la abundante cantidad de funcionarios con la cara de angelito pero cola de pescado en geografías comprometidas que aún están en nómina si, como en el caso del célere manazo al zar de la basura, el gesto no es meramente mercadotécnico.

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