La hora de la neta

Con la hora del planeta promovida por el World Wildlife Fund, la intención no es salvar la Tierra ni proteger a las comunidades, sino ganar poder, dinero, influencia o notoriedad.

Es como las cartas electrónicas de las ONG que piden firmemos para liberar a tal o cual heroico activista de las garras de algún gobierno dictatorial y represor: aún si las recibieran, a los autócratas, por lo general, les importan nada y una tiznada los abajo firmantes y, enterita, la sociedad civil. ¿Para qué sirven, entonces, esas cadenas? Pues para hacer sentir importante a quien pone su nombre y, sobre todo, para promocionar a las ONG en cuestión que así acercan su marca al corazón del público y aumentan con cada petición su base de datos clientelar. Y todo eso, gratis.

Algo parecido sucede con La Hora del Planeta, hecho promovido por el World Wildlife Fund para crear conciencia sobre el consumo de combustibles y su impacto en el medio ambiente, donde, cuando menos, ellos lo dicen con todas sus letras: es para crear conciencia, no para ahorrar energía. Lo paradójico es que los bienintencionados celebran el día apagando focos mientras encienden velas y fogatas infinitamente más contaminantes; en el DF oscurecen los edificios públicos, pero arman conciertos donde la electricidad usada por los equipos de sonido y el combustible perdido en los embotellamientos producidos por los cierres de calles podrían iluminar por días algún pueblo pequeño.

¿Tiene algo de malo lo anterior? No necesariamente, pero que nadie se llame a engaño: no es asunto de regresar a vivir a las cavernas, así que, aparte del ahorro disciplinado y constante, la sustitución o reducción en el uso de combustibles fósiles pesados como el carbón o el petróleo —los que más contribuyen al aumento de los gases que favorecen el efecto de invernadero— solo será posible gracias a opciones energéticas más limpias, como las producidas, entre otras, por hidroeléctricas, molinos de viento, plantas nucleares y gas natural, cada vez más abundante y barato gracias a las nuevas técnicas de extracción de los campos de esquisto. Y aquí viene lo bueno: los activistas de temática ecológica —que no los ecologistas, biólogos o geólogos con trayectorias serias— frecuentemente se lanzan contra este tipo de proyectos acusándolos de dañinos para el planeta y para las comunidades donde éstos se asientan. Con frecuencia las razones esgrimidas son válidas —el peligro de accidentes estilo Fukushima, por ejemplo, o la contaminación de los acuíferos causada por el fracking—, pero la mayoría de las veces predomina en ellos solo la estridencia y la consigna estéril, logrando que el agua sucia se tire con todo y el niño: allí está el caso del proyecto eólico que quiso asentarse en Oaxaca, topándose con nuestros bonitos usos y costumbres; por un lado el caciquismo y la impunidad y, por el otro, la miseria ajena como forma de vida de unos chacales que tienen la desvergüenza de llamarse gestores sociales y que, cada que les conviene, comienzan usando el discurso ecológico como bandera para rematarlo como papel de baño.

La intención no es salvar al planeta ni proteger a las comunidades, sino ganar poder, dinero, influencia o notoriedad. Pero eso no se logra por el difícil camino del diálogo y de la árida búsqueda del dato puro y duro, sino gritando lugares comunes y privilegiando al visceral narciso que todos llevamos dentro: después de todo, es más fácil poner likes e indignarse cuando el vecino come vaca que partírsela tratando de encontrar el imposible balance entre que todos podamos tener un refrigerador en casa y la conservación de nuestro patrimonio natural.

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