El hijo de "Tuta"

Qué bueno que hayan detenido a quienes ya cayeron. Pero quizá con la excepción de "El Chapo", en esta guerra contra el narco no ha caído ningún pez gordo.

Qué bueno que ya no estén en sus puestos Jesús Reyna García, el secretario de Gobierno de Michoacán, ni Fausto Vallejo, su jefe, cuando menos en el organigrama. Qué bueno que El Chayo haya muerto por segunda y, esperemos, última vez, y que La Tuta ande a salto de mata y lejos del poder que antes ejercía. Qué bueno que Michoacán haya comenzado a retornar a los niveles de legalidad que se alcanzan en el resto del país; no es mucho decir, pero sigue siendo una diferencia sustancial contra la terrible ley del narco que allí imperaba, y que sigue imperando en la costa del Golfo y en partes de la frontera con Estados Unidos, entre otros rumbos.

Ahora bien, viendo las fotos de lo incautado a Huber Gómez, el hijo de La Tuta, no puedo dejar de preguntarme si los corridos y leyendas sobre los capos mexicanos son apenas un entramado mediático, una campaña de mercadotecnia o relaciones públicas, pues, para desviar la atención de los realmente responsables, esos que nunca salen a la luz pero que manejan los contactos internacionales —China, EU, Colombia, Europa, Rusia—, las finanzas y la estructura general de las grandes organizaciones transnacionales que hoy son los cárteles de la droga.

Vayamos a los números: como documentó aquí Juan Pablo Becerra-Acosta, por actividades criminales propias de su sexo y condición como el transporte y venta de drogas, entre otros, Los Templarios percibían 37 millones de pesos mensuales. Por extorsiones a otras empresas, agrícolas y ganaderas, por ejemplo, 12 millones. Por extorsiones a funcionarios municipales, divididas entre cuotas fijas y moches a construcciones y otros proyectos públicos, 14 millones. Ah, de las ganancias netas por el saqueo a la industria minera —y al suelo michoacano— a través de ese narcopuerto llamado Lázaro Cárdenas, luego hablamos, y también de lo que les dejan los negocios lícitos pero usados como frente para el lavado de dinero: antros, hoteles, puestos, tianguis, piratería y todo lo necesario para el hogar. “Los Templarios consiguen un promedio de 2.6 millones de pesos al día en Michoacán, más de 204 mil dólares cada 24 horas”, afirma el reportaje citado. Esto sería antes de moches y otros gastos de operación, pero con todo no dejan de ser cantidades nada despreciables.

Bonanza que, para colmo, viene de un solo estado del país. Sin embargo, los decomisos que le vimos a Huber y a Kike Plancarte —una caja de botellas de whiskey comercial; un kilo de tachas; una casa indistinta de cualquier otra en las mejores zonas de Ciudad Satélite, pero en más cursi; un encuentro con Jenny Rivera; armas enjoyadas— son más bien de medio pelo —Romero Deschamps se los lleva de calle—, como lo es el discurso de La Tuta en sus diatribas largas y mareadoras. Es inevitable preguntarse, ¿realmente son éstos los cerebros detrás de las operaciones económicas y logísticas que sustentan a una industria criminal de ese tamaño? Pensar en que esos se sentaron a negociar, digamos, con los empresarios de la mafia china es como pensar en Layda Sansores tomando el té con la reina de Inglaterra.

Sí, qué bueno que hayan detenido a quienes ya cayeron. Pero que nadie se llame a engaño: quizá con la excepción de El Chapo y de un par más de la vieja guardia, en esta guerra contra el narco, sobre todo en Michoacán, no ha caído ningún pez gordo: los arrestados o muertos serán los más vistosos, los más excéntricos o los más sanguinarios, pero hasta la fecha son lugartenientes o soldados rasos, y nada más.

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