De hígados

Grave, que encargados de un hospital capacitado para extraer órganos no imaginaran necesario llamar a la aerolínea para avisar que transportarían tejido vivo, y que ésta no hiciera excepciones.

No es asunto de hacer telenovelas, pero estar en la lista de espera para recibir un órgano no es para sensibilidades finas. La vida se escapa por entre los dedos, van fallando las funciones vitales, la fuerza para caminar, moverse, leer o abrazar se va haciendo menos y ante la descomposición progresiva del yo lo único que puede hacerse es esperar: esperar la muerte o la llamada salvífica que promete el renacimiento.

En México fallecen esperando esa llamada más de 100 personas al año. Para riñón, la espera promedio es de entre 24 y 30 meses y, en el caso de hígado o corazón, el tiempo puede ser mucho más largo. Pero el pasado viernes ocurrió el pequeño milagro para alguien en el Hospital San José, de Monterrey: en el Hospital de Alta Especialidad, en Mérida, un alma caritativa donó su hígado. Pronto lo supieron los hijos, la esposa, la madre y los amigos del enfermo, hasta entonces obligados a meter la sonrisa al congelador por quién sabe cuánto tiempo. No, lectores, no se alegren, que esto no tiene un final feliz: primero, porque VivaAerobús dijo que “por disposición de la Dirección General de Aeronáutica Civil no está autorizada para el transporte de órganos humanos o sangre no contaminada”, por lo cual la aerolínea se negó a trasladar el hígado de Mérida a Monterrey —el órgano, con una ventana máxima de 10 horas de vida fuera del cuerpo, finalmente se pudrió en los trámites—, y segundo, por la crasa negligencia y falta de cuidado en la logística del envío por parte del equipo médico.

Por la premura y fragilidad del procedimiento, los protocolos médicos en México precisan que los envíos de órganos a larga distancia para trasplantes deben hacerse en aviones privados, pero supongamos que hacemos concesiones a lo posible, más que a lo indicado: los médicos de Mérida apuntaron que antes habían enviado ya órganos a través otras aerolíneas comerciales, citando a Volaris y a Aeroméxico, y que ellos no sabían —ajiú— que VivaAerobús lo prohibía; que el hígado iba en manos del doctor Iván García, con el embalaje adecuado —aunque VivaAerobús sostiene que iba en una hielera con el logo de una tienda de conveniencia— y los documentos en regla. Todo eso está muy bien si lo que se envía es el fruit cake de la tía Eduviges, pero no si el paquetito en cuestión representa para alguien la diferencia entre la vida y la muerte: digo, no quiero ponerme requisitosa, pero a nadie le gusta pensar en que su futuro hígado anda paseándose por los pasillos del muy cálido aeropuerto de Mérida en una hielera de burritos.

Es grave que los encargados de un hospital capacitado para extraer órganos para trasplantes no imaginaran necesario llamar con antelación a la aerolínea para avisar que transportarían tejido vivo, y que ésta fuera incapaz de hacer excepciones. Esta incapacidad básica de hacer las cosas bien, de exigirse estándares altos y de aceptar responsablemente las consecuencias de los actos propios se enseñorea en México desde los plomeros del barrio hasta los pilotos de los aviones presidenciales —pasando por los médicos de alta especialidad, claro está—, y nadie considera que esto sea un problema, aunque los caídos a lo largo de nuestra historia en esta mexicana guerra contra el éxito sean tan incalculables como invisibles. Ni siquiera los biempensantes allá afuera, siempre prestos al desgarre de vestiduras, se dan por enterados de que el mayor villano de México no es EPN, Azcárraga o Slim, sino el Gutierritos que todos llevamos dentro. Quizá por eso…

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