Los grises de "Mamá" Rosa

Tampoco es asunto de querer ver en la picota a Rosa Verduzco. No hay buena intención que palie las condiciones encontradas en La Gran Familia, aun en el caso de que fuera un asunto de buenas intenciones.

No intento equiparar los delitos de los personajes, pero todavía recuerdo cuando distinguidas figuras de la sociedad mexicana defendieron con ahínco a quien luego resultó ser un perverso depredador. Lo defendían diciendo que era objeto de un linchamiento mediático, que había educado a tantos tan bien, que antes había sido juzgado y encontrado perfectamente inocente, que era un hombre de entrega generosa que ellos conocían a cabalidad por haber entrado en sus casas una y otra vez a cenar con Nuestro Padre mientras una hilera de adolescentes limpios y disciplinados le cantaba antes de pasarlo a la mesa. Quiero suponer que ninguno de ellos notó nunca el miedo detrás de las miradas. Aún hoy hay quienes juran que Marcial Maciel dejó mucho de bueno, que sus hijos la pasaron estupendamente bajo su cuidado, que los acusadores son pocos y seguro exageran. Lo recuerdo y el pequeño déjà-vu me revuelve el estómago.

Ahora bien, discutamos todo lo que sea necesario, y vaya que es necesario, el asunto de la impartición de justicia en México: ¿por qué, por ejemplo, a malandros como los de la CNTE nadie los toca ni con el pétalo de una rosa, mientras que a Mamá ídem le mandan a los granaderos con toda su parafernalia a reventar un albergue infantil? Discutamos también que como país y como sociedad hayamos sido incapaces de generar condiciones mínimas de bienestar para una buena cantidad de conciudadanos cuyo único remedio es entregarse a instituciones sin regulación ni supervisión alguna, verdaderos basureros humanos comunales: si no los vemos en las calles podemos ignorarlos, y convertir a quien se ocupa de ellos en un dechado de virtudes ayuda a acallar cualquier resquicio de culpa; nadie se turbe, nadie se espante, que nuestros olvidados están muy bien con Mamá Rosa, con todas las Mamás Rosas allá afuera, benditas sean ellas y el sobrecito que les mandamos por navidades.

Tampoco es asunto —al menos, no el mío— de querer ver en la picota a Rosa Verduzco. El personaje me tiene sin cuidado, pero no las evidencias desde la institución que ella regenteaba, dicen, con mano de hierro: la basura y la suciedad, sí, pero también los testimonios de retenciones contra la voluntad de los internos y los castigos vejatorios que nos hablan de estructuras de control patológicas, parecidas a las de esos acaparadores de animales que dicen “salvarlos” a pesar de tenerlos en condiciones terribles de insalubridad y de hacinamiento. No hay buena intención que palie las condiciones encontradas en La Gran Familia, aun en el caso de que fuera un asunto de buenas intenciones; robo las palabras de mi ex alumno devenido psiquiatra Guillermo Valdés: “Mientras el DIF siga siendo liderado por las esposas de gobernadores y las instituciones de beneficencia por damas de ‘buen corazón’ en vez de por profesionales, no habrá un sistema de monitoreo para identificar de manera oportuna el abuso. El machismo en México, que reduce la identidad femenina a madre nutricia, ha asociado, casi unificado, el cuidado infantil y de ancianos con el rol de la buena mujer. Si tuviéramos la capacidad de ver a la mujer como un ser inteligente y fuerte, el cuidado de los vulnerables podría considerarse una ciencia social y médica (…) Nos daríamos cuenta de que cuidar a esta población es mucho más que repartir abrazos y darles de comer”.

Sí, discutamos todo esto, aunque sea una cortina de humo para robarnos el petróleo, único tema verdaderamente importante.

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