Los grandes ausentes

Uno de los peores síntomas de nuestro actual mexican moment es la ausencia de voces institucionales propositivas o, siquiera, cuerdas. Por un lado tenemos a los criminales, quienes se comunican por medio de narcomantas, en el mejor de los casos, o de decapitados en el peor y, por el otro, a un procurador cansado, a un presidente tan cuestionado como rebasado, a un Legislativo que deja en el polvo a la cueva de los 40 ladrones y a unas fuerzas del orden en su mayor parte impresentables. Agravan el sonido y la furia quienes piden la paz a golpes, o los que claman ese imposible vivos se los llevaron, vivos los queremos; no es que el Estado mexicano no sea capaz de esas atrocidades, pero la crueldad histórica de los tronos responde a una lógica: busca la conservación y consolidación del poder, y la insurgencia desde Ayotzinapa difícilmente es lo suficientemente significativa o amenazante como para que incluso el PRI restaurado por Peña Nieto mande encerrar clandestinamente a 43 normalistas en el campo militar más cercano a su domicilio. Es previsible que los agoreros de costumbre quieran pintar a los muchachos como héroes preclaros a un pelito de convertir a México en otro paraíso socialista como Cuba o Venezuela, como indomables a una nada de derrumbar al sistema, pero la realidad es que son tan parte de éste como las moscas en un día de campo y, sobra decirlo, igual de peligrosos.

Como cereza en el pastel, cada tanto surgen en el firmamento porches amarillos neonacos y similares divertimentos. Lo que no aparece por ningún lado son las voces de instituciones que, ante la falta de resultados mínimamente aceptables por parte de las autoridades, hasta ahora han desperdiciado una magnífica oportunidad de convertirse en faros, en las anclas generadoras de un discurso crítico carente de agenda y tan descarnadamente claridoso como exento de esas deformaciones viscerales propias de los “comprometidos”. Una ruta de vía, pues.

La Iglesia, luego de años de corrupción y de abuso desde la criminalidad del poder oficial, y del reciente yugo de sangre y fuego desde la criminalidad del narcotráfico, potenciados como sufrimientos bíblicos para sus ovejas mexicanas, lanza tarde y poco un par de tibios exhortos, sólo ahora cuando sus sacerdotes han comenzado a ser desaparecidos y ultimados; no olvido la añeja labor, buena o mala, de Solalinde y de similares sacerdotes llamados progresistas, pero estos pastores negros nunca han sido bendecidos desde las naves catedralicias, sino todo lo contrario: me gustaría ver a Norberto Rivera no sólo lanzando homilías ardientes contra el crimen, la violencia y la corrupción, y fustigando la ilegalidad y la violencia bajo cualquiera de sus formas, sino también poniendo los muchos bienes de la Iglesia a lo largo y ancho del territorio nacional al servicio y al consuelo de las víctimas.

Otra quimera en mi lista de deseos de año nuevo es ver a las universidades mexicanas apostándole ya no a la compra de pizarrones electrónicos u otros juguetes de esos que les permiten inflar las colegiaturas, sino al armado de cuartos de guerra de los de verdad, donde las mejores mentes del país y del mundo sean contratadas para producir y montar soluciones concretas, en la forma de políticas públicas que nos permitan sacar al buey de la barranca. No me hago demasiadas ilusiones; no cuando, como hasta ahora, esas fábricas de líderes apenas balbucean que no hay apuro, que sus estudiantes baleados gozan de perfecta salud.

 

Twitter: @robertayque