El gran ausente

Sí, ya sabemos que está convaleciente. No, infartarse no es cualquier cosa: además de la debilidad, los mareos y el estómago deshecho por el susto y por las medicinas, durante semanas, si no es que meses, sentirá el piso como hecho de un polvo que en cualquier momento se desfondará, mandándolo de una buena vez a la tumba. Dicho esto, uno puede hacer más o menos lo mismo que antes, aunque más despacio. Por eso extraña el silencio de López Obrador, el de la saliva invencible, el que lleva dos sexenios en campaña, el que ha salido igual de incólume de la toma de pozos petroleros, de las ligas de Bejarano y del desafuero.

Aunque su condición fuera gravísima —Monreal, Batres y el que le explica las reformas a su muchacha nos aseguran que no, que su recuperación va bien—, no entiendo cómo quien antes diera conferencias de prensa diariamente al amanecer ahora se priva de espetarle, aunque sea por Twitter, los chachalacazos de costumbre a esos traidores a la patria que han consumado el robo del siglo.

Porque tan consumado está como la pasión de Cristo, y tantos mitos lo circundan como a ésta: no, en modo alguno es una privatización, porque tanto Pemex como el petróleo seguirán siendo de los mexicanos, aunque Pemex ya no vaya a ser la única y obsoleta vía para extraer el crudo, pudiendo asociarse o delegar el proceso a otras empresas que podrán recibir su pago en dinero o en especie; es decir, en barriles.

No, nadie se ha robado nada, o no de manera distinta a la acostumbrada: la corrupción y el favoritismo que sin duda acompañarán el proceso han estado allí desde antes y seguirán estándolo después, con o sin reforma energética, pero quitando esas comisiones el dinero que el país recibirá por una operación extractiva más moderna y eficiente no será poco e irá a proyectos o a gasto público; que se maneje bien es otro asunto.

Sí, el petróleo se vende, no se defiende, y entre más y más caro, mejor, porque en este mundo abierto considerar a los insumos, más que a los procesos —como, por ejemplo, la autonomía alimentaria, que tampoco depende de monocultivos como el maíz, con o sin el cual seguirá habiendo país— como estratégicos para la soberanía es quedarse en el aislacionismo reduccionista y paranoide de antes del internet: el oro, la plata, el cobre y demás minerales son igual de mexicanos e igual de no renovables, pero son mercados sin que nadie se rasgue las vestiduras al grito más fuerte de “¡el estroncio es nuestro!”.

No, la consulta popular —que no plebiscito, figura que no existe en México— que intentan vender nuestras estrellas de cine no manipuladas, pero tampoco muy informadas, como capaz de revertir la reforma en 2015 es petate del muerto, por no aplicar la figura para reformas constitucionales, sino solo para las legales; curiosamente, una consulta similar exigida principalmente por los panistas fue rabiosamente impedida por la llamada izquierda del DF cuando se aprobó la despenalización del aborto en la entidad porque, decían, despenalizar era lo correcto, a pesar de que ser una medida controvertida e impopular.

El asunto es que, en medio de todo este embrollo que no solo no ha producido el estallido social una y otra vez mentado, sino que apenas ha logrado reunir a los marchantes, a los clictivistas y a las buenas conciencias de costumbre, el hasta ayer ajonjolí de todos nuestros moles políticos elige guardar silencio.

Para la araña.

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