El gran aeropuerto

Hoy, los mismos actores se enfrentan por la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Ignacio del Valle, líder de la resistencia, ya vaticinó más sangre y crujir de machetes.

En la primavera de 2006, el gobierno del Estado de México, entonces, más o menos como ahora, al mando de Enrique Peña Nieto, envió a cerca de 2 mil agentes, principalmente estatales, aunque respaldados por policías federales preventivos y municipales, a desalojar un bloqueo. El zafarrancho había comenzado días antes, en Texcoco, cuando ocho o diez vendedores de flores —de allí los machetes—, simpatizantes de la Otra Campaña, intentaron sin éxito instalarse en una de las calles principales del mercado Belisario Domínguez. Los floricultores despechados pidieron el apoyo de sus fuerzas vivas y, al poco rato, se trenzaron a madrazos policías, activistas y locales.

En respuesta a lo anterior, miembros del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), zapatistas y algunos de sus invitados internacionales tomaron la carretera federal a un costado de San Salvador Atenco y armaron un plantón al grito de represión, pertrechados con machetes, piedras y cócteles molotov, por lo que se ofreciera. Por su parte el gobierno estatal, con ganas de darles la razón, mandó restablecer el orden dejando en el proceso a dos muertos, 26 torturados, 26 casos de abuso sexual y 145 arrestos ilegales. A la autoridad le salió barato: el entonces gobernador es hoy Presidente, poco más de 30 agentes resultaron heridos, cuatro fueron destituidos y cinco más fueron sancionados administrativamente. Los de Atenco, por su parte, se convirtieron en héroes en pie de lucha, y la Otra Campaña despegó como nunca antes.

Hoy, los mismos actores se enfrentan por la construcción del muy necesario nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Ignacio del Valle, líder de la resistencia —nunca mejor usada esa palabra— exonerado por la Suprema Corte en 2010 de su sentencia y encarcelamiento del 2006, ya vaticinó más sangre y crujir de machetes si ese proyecto se levanta en las tierras que le dan cada vez menos maíz al país: en 2001 sus huestes echaron abajo un intento similar de Vicente Fox que, justamente, dio luz al FPDT. Pero la Presidencia en turno les aguó la fiesta anunciando que los terrenos necesarios ya fueron comprados, y que todo México está de plácemes.

Pero Del Valle y los demás líderes no se arredran, afirmando que las marchas que ayer pedían por las calles de la Ciudad de México “tierras sí, aviones no” —¿eh?— buscaban denunciar las compras ilegales de 5 mil hectáreas ejidales, porque quienes vendieron o fueron engañados o las parcelas estaban en litigio.

Me gustaría pensar en esto en términos románticos, como de hecho es discutida la realidad en la mayoría de las ágoras mexicanas; digamos, como una lucha épica entre una pequeña y bucólica comunidad de pueblos nativos y el inexorable avance del frío capitalismo urbano, o como la renuencia de algunos primitivos ignorantes ante la prosperidad y modernidad de las sociedades futuras. Llámenme aguafiestas, pero esto no me parece lo uno ni lo otro, sino apenas una oportunidad más para que dos cabezas de la misma hidra, una nacida desde el corporativismo palaciego y otra del popular de la vieja dictadura, pero igual de carroñeras y antidemocráticas ambas, se peleen lo que queda de México con una u otra excusa; una que hoy se llama AICM.

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