Ser estúpidos juntos

Del rumbo de un país es tan responsable quien lo preside como la suma de las voluntades de sus ciudadanos.

La caída de las Torres Gemelas enfrentó a los gringos con un mundo de horror que siempre estuvo allí pero que ellos, por décadas, eligieron ignorar. Aún frente al humo de los escombros, la mayoría buscó refugio en dosis masivas de patrioterismo barato, dramatismo de utilería, villanos maniqueos y explicaciones autocomplacientes: todo menos despertar del sueño americano.

A los pocos días Susan Sontag publicó en el New Yorker una pequeña pieza que se caía de autocrítica, señalando la rapaz política exterior de Washington y la abulia y pobreza cívica como corresponsables del atentado, cimbrando con ello a las buenas conciencias y ganándole a la mensajera furibundos ataques del respetable: traidora, enemiga del pueblo, desalmada, etcétera. El texto puede ser resumido en su simple y brillante exhorto central: condolámonos juntos, pero no seamos estúpidos juntos.

No es asunto de comparar el 11 de septiembre con Iguala, sino el hecho de que, ante una tragedia que devela de manera ejemplar la desintegración institucional y social de México —de entrada, porque no es la primera vez en la historia reciente del país que alcanzamos e incluso sobrepasamos ese nivel de horror sin que, inexplicablemente, se hayan detonado antes demasiadas protestas, o nunca por demasiado tiempo—, parece que hemos elegido, en su mayoría, ser estúpidos juntos: buscamos culpables solo entre los adversarios políticos; medimos el amor patrio por la estridencia de la indignación mostrada; leemos puntos de vista alternativos como traiciones a la nación; justificamos unas violencias mientras condenamos otras y vaciamos nuestra ira sobre si la primera dama lleva o no a su maquillista a China.

Porque si lo que queremos es reconstruir al país debemos comenzar por evitar pelarnos los dientes entre nosotros mismos nomás por convivir. Tampoco es aconsejable vender falsas repúblicas amorosas o fingir que vivimos entre las páginas de The Economist, pero sí mirarnos al espejo sin concesiones, asumiendo la democracia como un estado de consensos, diálogos y negociaciones críticas donde las llamadas al toque de degüello deben ser remplazadas por un sistema de
justicia universal e imparcial, sin dobles raseros ni impunidades: un pacto, pero no entre cúpulas, sino entre ciudadanos. Pero eso implica desmontar de raíz al sistema de componendas y cacicazgos ilegales o paralegales que ha abrigado por décadas a los hijos del águila y la serpiente: desde a quien se roba la luz para el puesto de tacos gracias la protección del líder charro, previo moche, hasta a quien gana la concesión para construir infraestructura mayor, previo moche. Pasando por los becarios de toda laya que, quizá no en efectivo, pero también dan su moche en adulaciones gratuitas, manos alzadas y otras prebendas.

Ahora que si lo que queremos es seguir como hasta ahora, expiando la barbarie a punta de memes y marchas, pues sigamos en la reducción de buenos contra malos; sigamos diciéndonos demócratas mientras callamos con gritos o pedradas las voces contrarias a las nuestras; sigamos pensando que añoramos un estado de derecho mientras justificamos y hasta fomentamos unos delitos —por su tamaño, tipo, o animal de origen— y nos rasgamos las vestiduras frente a otros, y sigamos haciendo política o, peor aún, psicoterapia, con nuestro descontento.

Al fin y al cabo, aunque me haga inmensamente impopular diciéndolo, del rumbo de un país es tan responsable quien lo preside como la suma de las voluntades de sus ciudadanos.

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