Es cultural

La corrupción mexicana es un asunto de este tipo, pero esa característica no llegó por generación espontánea, sino que fue lubricada por años de gobiernos que la alentaron como el único modo posible de operar.

El que no transa, no avanza”, debía quedar grabado en letras de oro en el Congreso de la Unión; sin duda la frase resuena más en el corazón de nuestros legisladores que, digamos, mencionar a Ponciano Arriaga. Y no solo para nuestros legisladores: no es un misterio que en México se premian la corrupción, la mediocridad y la abulia y se castiga el apego al estado de derecho. Por eso no lo tenemos. Por eso los niveles de impunidad son ridículamente altos, como es pertinente recordar a cuatro años de la masacre de los 72 migrantes y a tres del incendio provocado en el casino Royale, entre otras muchas, muchas tragedias, pero también en la cotidianeidad del vecino que pone su reguetón a todo volumen hasta las 3 de la mañana sin que haya poder humano que lo haga desistir, o del viene-viene que tapa las cocheras con la complicidad del poli de la cuadra.

Pero de nada sirve escudarse bajo el manto de los usos y costumbres: las conductas privadas que colectivamente inciden de manera negativa en la vida pública, pueden y deben combatirse con políticas públicas, como cuando el ponga la basura en su lugar: si cada que el vecino se pasa de lanza con su ambientito la autoridad del barrio le receta una multa de aquellas —multa no permutable por un va pa’ los chescos, por supuesto—, más pronto que tarde todos dormiríamos tranquilos. Y si esa correlación entre ser un rompehuevos y pagar por ello la aplicáramos sin miramientos o exclusiones en el país a todo lo largo del escalafón, Minera México no estaría ahorita riéndose por la multa de 40 o 50 millones de pesos que le aplicarán por derramar unos 40 mil metros cúbicos de ácidos y metales pesados al río Bacanuchi, condenando a miles de personas a la enfermedad y a la sequía cortesía de una añeja negligencia criminal en el manejo de la seguridad ambiental y laboral en sus instalaciones.

Es cierto que la corrupción mexicana es un asunto cultural, parte de las maneras como nos relacionamos unos con otros y con el resto del mundo. Pero también es cierto que esa característica no llegó por generación espontánea, sino que fue lubricada por años de gobiernos que la alentaron como el único modo posible de operar en nuestro país; como botón de muestra está el negocio redondo entre Pemex y los alcaldes y gobernadores de extracción priista, donde los donativos que la petrolera hace a estados y municipios, que en 2013 ascendieron a casi mil millones de pesos, se entregarán con una etiqueta de 20 por ciento para las campañas del PRI. Lo que no queda claro es si eso es además o en vez de la reforma energética.

Una que sí es de cultura: los 80 años del Fondo de Cultura Económica, institución sin duda digna de celebrarse. Pero no así: en el programa Conversaciones a Fondo, a través del cual debía marcarse el onomástico, el Presidente fue entrevistado por una mesa donde el tema central no fue la política cultural del sexenio, como se esperaría, sino la promoción de las reformas. Allí, cuando León Krauze y Denisse Maerker cuestionaron sobre la ausencia de mecanismos para acotar la corrupción en los nuevos esquemas energéticos y fiscales, el Presidente respondió: “La corrupción es un tema (…) que ha estado en la historia de la humanidad”. Cuando Maerker insistió con el ejemplo del derrame en Sonora, Enrique Peña Nieto dijo que “sin duda el daño que se ha hecho a la población y sobre todo al medio ambiente (…) es elevado; yo presumo que aquí no cabrán sanciones menores”.

Como decían las abuelas: eso le pasa por andar presumiendo.

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