Con capa entérica

Así se lee en las etiquetas de algunas pastillas. Quiere decir que el comprimido ha sido bañado de una fina cubierta de gelatina, almidón o azúcar que hace más fácil pasarlo. Las últimas declaraciones del papa Francisco parecen haber sido dotadas, justamente, de una capa entérica: son la misma toxina pero en un paquete retórico más fácil de tragar.

“¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”, fue su primer cañonazo mediático a su regreso de Brasil, a fines de julio. La expresión fue tomada como el distanciamiento de una pastoral que, en la práctica, reduce el pecado a poco más de lo que sucede entre el ombligo y las rodillas. Lo que poco se difundió fue el contexto: interrogado sobre el llamado lobby gay, salido a la luz gracias al caso Vatileaks, dijo que no todos los cabilderos eran buenos, pero que “si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”.

Solo los memoriosos e iconoclastas encontrarán parecida la apología a la de “son pecadores, hay que comprenderlos y perdonarlos” que Wojtyla reservaba para sus curas pederastas; caridad que difícilmente brindaba la Iglesia de entonces a los homosexuales. Aclaración pertinente: en ninguna forma es equiparable la homosexualidad con la pederastia. Lo que apunto es que quizá el Papa se vio humilde y generoso en sus juicios por estarse refiriendo a los miembros de su propia curia; más adelante, en ese mismo vuelo, interrogado sobre la reciente enmienda a la ley que permitiría en Brasil el casamiento entre homosexuales, el Papa respondió que “la Iglesia se ha expresado ya perfectamente sobre eso (…) los jóvenes saben perfectamente cuál es la postura de la Iglesia”, dejando ver que hoy los gays con alzacuellos, como antes los pederastas con alzacuellos, son medidos, sin albur, con distinta vara.

Sobre la mujer y, específicamente, sobre la posibilidad de ordenarla, Francisco dice: “No nos podemos limitar a las mujeres monaguillo, a la presidenta de Cáritas, a la catequista… Tiene que haber algo más, hay que hacer una profunda teología de la mujer —inserte aquí aplausos y lagrimitas—. En cuanto a la ordenación, la Iglesia ha hablado y dice no. Esa puerta está cerrada —tráguese sus aplausos y guárdese las lagrimitas—. Pero quiero decirles algo: la virgen María era más importante que los apóstoles y que los obispos y que los diáconos y los sacerdotes”. Sí, y por lo visto más importante que cualquiera de las mujeres de carne y hueso a quienes la institución mira tácita pero férreamente como inferiores, subsidiarias o incapaces. Otra para la memoria: a Juan Pablo II, quien cerró definitivamente el tema de la ordenación femenina, se le admira por su carta apostólica llamada, no sé si sin ironía, “La dignidad de la mujer”, donde revindica el importantísimo papel de soporte y complemento que las féminas le brindan a la Iglesia, equiparándolas, nada menos, que a la abnegada y generosa figura de María.

La última y nos vamos: olvidemos por un instante que la institución es uno de los últimos grandes puntales y reductos de la ignorancia propia del pensamiento mágico en occidente. En abril, este Papa humilde, humano y alejado de la pompa nombrará santo por todo lo alto a quien fuera indiscutible cómplice de la más extendida corrupción y depravación en la Iglesia católica desde Rodrigo Borja.

Recen cinco rosarios y tomen su diferencia.

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