La caída del capo

De poco servirá si los mexicanos seguimos glorificando la ilegalidad; si personajes como "El Chapo" siguen viviendo como hasta ahora en el corazón del pueblo bueno mexicano.

Ceci n’est pas un Chapó.

Tiene que haber alguna moraleja en que uno de los hombres más ricos del mundo termine obligado a transitar por las alcantarillas como Jean Valjean, atejonado en un condominio clasemediero de Culiacán llamado Miramar con una olla de frijoles sobre la estufa. Lo verdaderamente sorprendente no es, sin embargo, eso, sino que no estuviera escondido en alguna remota y paradisiaca hacienda guatemalteca, ni en una recluida mansión de la costa del Mediterráneo español, sino en Sinaloa, su tierra natal. No está claro el papel que jugó Washington, vía la DEA y Homeland Security, en esa captura —los gringos dicen que estuvieron muy involucrados, los mexicanos primero que no y luego que quizá un poquito: es revelador que la nota no la haya dado Jesús Murillo Karam ni algún medio nacional, sino AP—, pero el capo fue arrestado por marinos mexicanos, logrando Enrique Peña Nieto lo que desesperadamente buscaron a lo largo de sus respectivos sexenios Vicente Fox y Felipe Calderón.

Más allá de la celebración y del cacareo, falta ver qué tan relevante para la interminable guerra contra el narco será el segundo encierro de Joaquín Guzmán Loera. Porque remover capos es mucho más fácil que desmantelar los puntales políticos, sociales y económicos que sostienen a sus cárteles, y ese imperio de miles de millones de dólares en coca, mota, heroína y metanfetaminas donde no se pone el sol —el cártel de Sinaloa controla gran parte de la producción y el tráfico de esas sustancias, desde América Latina hasta Australia y los Urales, evitando el tráfico de personas, extorsión y secuestro que ahora favorecen otros narcotraficantes— se distingue por el estilo estratégico y de largo plazo de su líder, visible en el envidiable sistema de soporte social y popular por él tejido. El Chapo leyó bien las ventajas de llenar el vacío de autoridad del Estado mexicano con presencia concreta en forma de apoyos a escuelas, comunidades y hospitales, y con presencia abstracta a través de narcocorridos y templos a Jesús Malverde, enraizados en el imaginario colectivo a falta de mejores héroes. Vaya, para escaparse de un penal de alta seguridad o tener medio centenar de coches, de esos que cuestan más dinero que la deuda de algunos países africanos, o siete casas comunicadas por túneles —para dormir cada par de noches en distinto lugar—, se requiere de hartas complicidades.

Hay que preguntarse por qué nadie en Sinaloa —quienes registraban las placas de los autos, los oficiales del catastro, etcétera— reparó en la continua presencia del delincuente, sino todo lo contrario: allí están las marchas en apoyo a ElChapo luego de su arresto. Al margen de los tamales y los mil pesos que se supone les están dando, los participantes han caminado con la cara descubierta y a pesar de los nutridos macanazos de las fuerzas policiales; para entender la dimensión del fenómeno —la estrategia comunitaria del cártel de Sinaloa, sí, pero también la aberrante erosión de la cultura de la legalidad en México— basta imaginarse alguna marcha similar en apoyo a El Mochaorejas o a Tomás Yarrington.

Peña Nieto dijo, luego de la captura, que irá por los políticos cómplices y por los mecanismos económicos que facilitaron el largo reinado de Joaquín Guzmán Loera. Hasta no ver no creer pero, aunque así fuera, de poco servirá si los mexicanos seguimos glorificando la ilegalidad; si personajes como El Chapo, valga el cliché, siguen viviendo como hasta ahora en el corazón del pueblo bueno mexicano.

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