El anillo de mi madre

Mi madre tenía un anillo que no se quitaba jamás. Se lo había regalado mi padre. Cuando él murió Maciel visitó la casa, recordándole a la viuda lo generoso que había sido con ellos mi padre.

Siete bíblicos años transcurrieron entre 2006, fecha cuando los directivos de la orden confiesan que supieron de los abusos de Maciel —recién muerto su protector, próximamente San Juan Pablo II, el papa Ratzinger hizo clara su condena enviando al fundador a una vida de oración y penitencia que éste, por cierto, nunca cumplió, vendiéndola además como un retiro voluntario, de descanso en su vejez—, y 2013, año cuando la Legión de Cristo emitió su primer y muy tibio mea culpa. La que escribe no acepta que el círculo cercano haya ignorado todo hasta 2006; solo conociendo el Waterloo que vendría —y, obvio, sus antecedentes— se explica que en enero de 2005 la dirección general hubiera pasado a manos de Álvaro Corcuera, cargo que Maciel jamás hubiera cedido de manera voluntaria de quedarle otra opción. Pero, aunque así hubiera sido, ¿cómo explicar que hubieran enterrado a Maciel en 2008 entre misas y oraciones por todo lo alto en sus centros y escuelas? Corcuera escribió entonces: “…desde su niñez y adolescencia, Dios Nuestro Señor le concedió (a Maciel) la gracia de percibir nítidamente el valor relativo del tiempo de cara a la eternidad. Él nos enseñó que Cristo es el centro, el único motivo de nuestra existencia (…) con la paz que siempre llenó su alma, partió hacia su destino eterno el 30 de enero…”.

A dos años de haberse enterado de que su fundador era un pederasta, estafador y toxicómano, así describía la cúpula de la Legión a Marcial Maciel. Misma cúpula que, la semana pasada, en el concilio mandado por el Vaticano para reescribir sus constituciones, emitió el segundo mea culpa, ciertamente más enjundioso que el anterior: “Hemos considerado los comportamientos gravísimos y objetivamente inmorales del P. Maciel que merecieron las sanciones que la Congregación para la Doctrina de la Fe objetivamente les impuso”, y se duelen de su “largo silencio institucional (…) los titubeos y errores de juicio a la hora de informar”. Menos mal: ante estas mismas sanciones la Legión pintó a Maciel como una víctima del inmerecido castigo vaticano, a un mártir que “pondría la otra mejilla” para obtenerle “abundantes gracias a la orden con sus sufrimientos”, como afirmaron justo en ese 2006 cuando, dicen, se enteraron de todo.

Donde se me corta por completo la digestión es cuando afirman que “no se han encontrado malversaciones de dinero u otras irregularidades en los ejercicios fiscales revisados”. Porque supongo que los departamentos de la mujer e hija de Maciel en un fino fraccionamiento madrileño, valuados en cerca de 10 millones de euros, se los dio al michoacano el Espíritu Santo junto con el carisma de la orden. Lo mismo va para la manutención que pagaba a sus otros hijos, y para sus gastos durante los viajes cuando se “desaparecía”; a evangelizar, decían sus voceros.

Mi madre tenía un anillo, una piedra solitaria y hermosa, que no se quitaba jamás. Se lo había regalado mi padre muchos años atrás. Cuando él murió Maciel visitó la casa, recordándole una y otra vez a la viuda lo generoso que había sido con ellos mi padre. Al final del encuentro, ella, conmovida, le entregó la joya, “para sus buenas obras”. En mis pesadillas me imagino ese anillo deslumbrando las tiendas y restaurantes de Madrid sobre la mano de la ex mujer del cura. Ciro Gómez Leyva tiene razón; Maciel ha sido vencido. De lo que queda de sus buenas obras, no estoy tan segura.

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