Toques en los testículos

En China son el último grito en terapias de conversión. Difícil de creer pero hay opciones peores: la homosexualidad se castiga con la muerte.

Los aficionados al sadomasoquismo los usan para causarse placer, pero en China, a mayores voltajes, son el último grito en las terapias de conversión: es decir, las terapias diseñadas para “convertir” a los homosexuales en heterosexuales. El procedimiento es pavloviano y simple: se pone al contrito a mirar películas porno y ¡zzzzíngale!

Difícil de creer pero hay opciones peores: la homosexualidad se castiga con la muerte en Irán, Arabia Saudita, Yemen, Mauritania, Sudán y partes o condados de Nigeria, Somalia y, recientemente, Uganda. Es un crimen no capital en otros 77 países —acaba de ser recriminalizada en India—, y no olvidemos que aún en sociedades “modernas” la letra y el espíritu de la ley son asuntos distintísimos: en Rusia, por ejemplo, es perfectamente legal. Lo que es ilegal es su propaganda, su exhibición; allí se puede ser gay, pero no parecerlo.

Por fortuna hay almas sensibles que dicen que ese tipo de procedimientos son intolerantes, inhumanos y denigrantes. Courage Latino, de inspiración católica, sugiere mejor renunciar para siempre al sexo y vivir en castidad en el seno de la Iglesia, esa cuyo líder no es nadie para juzgar pero dice así: “La tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’ (CDF, decl. “Persona humana” 8). Son contrarios a la ley natural (…) No pueden recibir aprobación en ningún caso”.

Otro camino es optar por sanar los traumas infantiles que llevan a las desviaciones homosexuales, porque lo natural es la heterosexualidad: o eso dice Richard Cohen, terapeuta sin licencia y ex moonie —sí, la secta del reverendo Sun Myung Moon— que da seminarios sobre cómo ayudar a los gays a dejar de serlo, rechazando su “atracción no deseada por el sexo opuesto”. Supongo que de entrada nadie sentiría rechazo por sus atracciones, homosexuales o no, si no existieran imbéciles que se ocupan de afirmar que éstas vienen de traumas infantiles, o sistemas religiosos y familiares que se emperran en verlas como repugnantes y antinaturales. Las técnicas de Cohen son un revoltijo gestáltico-cómico-conductual —acostarse acurrucado entre los brazos de algún hombre, siempre que éste no despierte apetitos sexuales (la anotación es de Cohen, no mía), para reconstruir las defectuosas ligas familiares— y mucha prédica motivacional al estilo evangélico; por algo ha sido botado de toda asociación médica que se respete al norte del Bravo, tras lo cual él las ha acusado de ser “clubs para gays o gay-affirming clubs”. Eso sí: dice que si alguien quiere seguir siendo gay, hay que respetarlo; con sus traumas y su anormalidad, supongo.

Desde 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana y desde el 1975 la Asociación Psicológica Americana (APA) dejaron de considerar patológica a la homosexualidad. La Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo lo propio en 1990, y la APA y la OMS condenaron en 2009 las terapias de conversión por carecer de justificación médica y ser éticamente inaceptables. Sin arredrarse por lo anterior, Cohen fue invitado por un consultorio de terapeutas particulares a Monterrey el próximo 12 de febrero. El rechazo que esto ha levantado es inaudito para una ciudad que sigue prefiriendo hacer mercadotecnia motivacional que discutir en serio las taras históricas que la mantienen atada al siglo XX, entre las cuales está la promoción de la ignorancia sobre la crítica en aras de la conservación de los “valores”; veremos y diremos pero, cuando menos, algo se mueve.

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