Todos somos… ¿Tamaulipas?

En la entidad, los Zetas hicieron de la tortura y del asesinato de periodistas su modus operandi. La cortina de la autocensura por necesidad fue total, con la obvia complicidad de los gobiernos locales y la apatía de los medios nacionales.

Después de las elecciones de julio de 2000 entré a trabajar a la redacción de MILENIO, en Monterrey. A los pocos meses del beso de Vicente Fox a la cruz nos avisaron, sin ceremonias, que nos fuéramos despidiendo del material que ocasionalmente llegaba de Tamaulipas: que no habría más. A partir de ahora solo hablarían del clima, del nivel del agua del río Bravo, o de los cortes de listón del gobernador, pero no de las cada vez más frecuentes balaceras y ejecuciones; no de la complicidad policiaca ni de las extorsiones. Porque en Tamaulipas los Zetas hicieron de la tortura y del asesinato de periodistas su modus operandi: desde porque alguno llegaba a fotografiar los cadáveres antes de que los halcones limpiaran de pruebas la escena hasta porque al capo local no le gustó cómo lo miró el reportero. La cortina de la autocensura por necesidad fue total, con la obvia complicidad de los gobiernos locales y, hay que decirlo, la apatía de los medios nacionales y de los muchos mexicanos que entonces vivían en la dulce creencia de que con la caída de la dictadura se acabarían todos nuestros males.

Entre la galería del horror tamaulipeco destaca el caso de María Elizabeth Macías, una de las muchas reporteras amordazadas por las circunstancias que en el anonimato del internet era conocida como La nena de Laredo. Con dos hijos a cuestas decidió usar el seudónimo en un blog llamado Nuevo Laredo Vivo, un antecesor de lo que hoy es Valor por Tamaulipas donde los ciudadanos podían enterarse de, por ejemplo, cuáles colonias no cruzar esa noche o cuáles funcionarios públicos habían sido captados brindando con los capos. Los reportes oficiales dicen que en septiembre de 2011 encontraron su cuerpo decapitado en el monumento a Cristóbal Colón, con teclados de computadora y CD regados a sus pies. Los reportes no oficiales dicen que sus tripas fueron usadas como cables, conectando los teclados con los CD y con ella misma. El mensaje puesto a su lado decía “Ok Nuevo Laredo en vivo y redes sociales. Yo soy la nena de Laredo y aquí estoy por mis reportes y los suyos… para los que no quieren creer, esto me pasó por mis acciones, por confiar en SEDENA y MARINA… Gracias por su atención Atte: La ‘Nena’ de Laredo… ZZZZ”. Esto lo supimos por Reporteros sin Fronteras, el CPJ y la oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos: en los diarios de Tamaulipas no hubo ni una coma para María Elizabeth, y en la procuraduría local hasta la fecha no suelen contestar las peticiones de información sobre cómo va esa investigación.

¿Quieren saber la última que nadie reporteó en Tamaulipas? Que fueron detenidos por el Ejército los asesinos del jefe de inteligencia en la zona, el coronel Salvador Haro, y de dos de sus guardaespaldas, emboscados en Ciudad Victoria por órdenes de los Zetas. ¿Quiénes fueron los capturados? Diez policías estatales que pusieron al coronel, más José Manuel López, jefe de escoltas del gobernador Egidio Torre, el que presume haber creado el coctel de camarones más grande del mundo, en el cargo luego de la ejecución durante la campaña del candidato original, Rodolfo Torre, su hermano.

Ante el abandono del Estado, los autodefensas michoacanos, los reales y quienes imaginan serlo, dicen defender la seguridad de sus hijos. Me pregunto cuándo habrá en México quien defienda, por sobre todas las cosas, el estado de derecho; ese que, aunque parezcan asuntos distintos, permite con su ausencia tanto el horror en Tamaulipas como los grupos paramilitares de Michoacán.

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