Segunda llamada

Que no, que no es el crimen organizado: que el recado dejado junto a la maleta con la mujer decapitada adentro, firmado por La Familia michoacana, es solo un distractor del homicida que quiso hacerse pasar por narco para despistar. Eso dice la Procuraduría de Justicia del DF, con la lógica impecable del desesperado: la versión de un psicópata que va por la capital dejando cadáveres mutilados en los andenes del Metro es mejor que la otra alternativa, y ésta viene siendo que las disputas entre cárteles están llegándole como la proverbial agua al cuello, y que uno de esos cárteles es el de La Familia, entre los más agresivos y crueles del país, casi a la par del de Los Zetas que, por cierto, también opera en la Ciudad de México, junto al de los Beltrán Leyva, que tiene tan dominados los aeropuertos de Toluca y del DF que luego de años de control apenas ha habido allí una solitaria balacera. Hay bandas adicionales que no por locales son menores; el cártel de la Unión, el de Tepito y el de la Mano con Ojos, por ejemplo, funcionan de manera independiente o en alianza con los grupos criminales de alcance nacional.

Las periferias pobres de la capital se habían acostumbrado ya a su par de balaceras semanales sin que ninguna buena conciencia levantara una ceja; la violencia contra jodidos y vendedores de grapas nunca ha sido de interés público, y quizá por eso las autoridades ignoraron por demasiado tiempo al canario muerto en la mina. Pero ese perímetro parece estrecharse cada día más, incluyendo hoy a Tlalnepantla y a Ciudad Satélite, por no mencionar las esporádicas pero ruidosas ejecuciones de dealers en la Roma y la Condesa, una de las cuales detonó el secuestro y asesinato de los 12 del Heaven que, según Mancera, cuando el hecho finalmente fue aceptado después de que los familiares de los desaparecidos cerraran Reforma para ser atendidos por la procuraduría, tampoco fue obra de cárteles, sino una riña entre narcomenudistas, como si todos nos chupáramos el dedo.

La nula o superficial lectura de estos hechos es lo más irritante; hoy sabemos que los involucrados en la balacera del aeropuerto eran federales al servicio del narco, pero nadie ha dicho ni pío del necesariamente completo contubernio entre la delincuencia organizada y los muchos policías capitalinos que vigilaban la Zona Rosa a unas cuadras del rumboso maratón dominical cuando el levantón de los chicos del Heaven, ni de los más de 80 voluminosos kilos de mota decomisados en el Reclusorio Sur que inexplicablemente escaparon al radar de los custodios, ni del descaro de los patrulleros que a plena luz del día y sin el menor rubor secuestraron al colombiano que luego escapó de una casa de seguridad. Admitamos que arrastrar y dejar olvidada una maleta en el andén de la estación San Antonio no necesita la ayuda de nadie pero, ¿para qué tomarse la molestia de dejar un cadáver sin manos ni cabeza, con todo y nota precautoria, en una sala del Metro capitalino si el o los destinatarios del recado estuvieran, digamos, en Apatzingán, en Coatzacoalcos o en Toluca?

Y, ya que andamos de sospechosistas, ¿qué con el avión mexicano destruido por el gobierno de Venezuela bajo la acusación de estar lleno de una cocaína que viajaba, de manera inverosímil, de norte a sur? ¿Qué fue de sus tripulantes? Digo, si no nos van a decir qué pasó, de perdido cuéntennos otro bonito cuento como ese que dice que en el DF no hay narcos.

Twitter: @robertayque