¡"Santo Subito"!

La Congregación de las Causas de los Santos, que así se llama la ventanilla donde se tramitan estas diligencias, pronto aceptó dos milagros necesarios, pero no es asunto aquí de aguarle la fiesta a nadie.

Así gritaban los fieles en la plaza de San Pedro el día del funeral de Juan Pablo II. El carismático pastor, a ojos de su rebaño, merecía ser nombrado santo de inmediato. Pero la Iglesia suele tomarse su tiempo: la canonización más rápida de la historia, a menos de un año de la muerte del personaje, fue la del mártir Pedro de Verona a fines del siglo 13, inquisidor que hablaba con las almas y que, mientras era tundido a golpes por los herejes cátaros, se puso a recitar El credo, escribiendo, cuando ya no podía hablar, con su sangre en las baldosas: “Creo en un solo Dios”.

En tiempos modernos el proceso de monseñor Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, fructificó relativamente rápido: a 27 años de su muerte. Tras conocer la noticia los Legionarios de Cristo prometieron subir a “Nuestro Padre” a los altares en menos tiempo, metiéndole gas a la recolección de documentos y de intercesiones milagrosas atribuidas a su fundador. Lástima de esfuerzo.

El papa protector de Maciel corrió con mucha mejor suerte. Ratzinger, ya como Benedicto XVI, rápidamente dispensó al polaco de los cinco años de compás de espera requeridos hoy entre la muerte y la canonización. Esto y dos milagros son requisito para que la Iglesia certifique que el difunto está en el cielo y que, por ende, puede ser objeto de culto, o sea, canonizado: ingresado en el canon de las almas eternamente salvas. La Congregación de las Causas de los Santos, que así se llama la ventanilla donde se tramitan estos asuntos, pronto aceptó los dos milagros necesarios: el primero, anterior a la beatificación, fue el de la religiosa francesa Marie-Simon Pierre, curada de párkinson luego de haberle rezado fervorosamente a Wojtyla. O eso dice ella, porque nadie a la fecha ha visto pruebas duras del diagnóstico más allá de su testimonio y del de sus superioras, quienes aseguran por ésta que Marie-Simon temblaba y sufría que era un horror hasta que ocurrió el milagro. Tampoco nadie puede saber si la mejora se debió a variables enteramente distintas pero perfectamente explicables por medios naturales —por ejemplo, la remisión de alguna enfermedad neurológica entre las muchas que suelen confundirse con párkinson, pero reversibles—, pero no es asunto aquí de aguarle la fiesta a nadie.

El segundo milagro se dio cuando la costarricense Floribeth Mora miraba la ceremonia de canonización de Juan Pablo II esperando, resignada, sus últimos días; tiempo atrás le habían diagnosticado un aneurisma cerebral inoperable. Olvidémonos de que esa condición no necesariamente conduce a la muerte: el asunto es que la mujer se encomendó al beato y el aneurisma, dice, desapareció. ¿Es posible afirmar que ese cambio se dio en ese instante, o por la acción directa del rezo? No, por supuesto, pero, igual que en el caso de la monja francesa, ése no es el punto. Porque el verdadero elefante en la habitación es que el papado de Juan Pablo II fue uno de los más corruptos y turbios en la historia de una institución reconocida por la abundancia de ambas características. Bastaría el encubrimiento institucional, desalmado e hipócrita de sus curas pederastas para objetar la ceremonia; además de descalificaciones vergonzantes o silencio, la entonces respuesta de la institución en boca de Ratzinger para quienes se atrevieron a acusar a Maciel fue: “Lamentablemente no podemos abrir el caso del padre Maciel porque es una persona muy querida del Santo Padre”.

Menos mal que, a partir del domingo, podrán reclamárselo en oración.

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