Reprimidos, infiltrados y desestabilizadores

A estas alturas es imposible endosarle solo a los “infiltrados del PRI” la violencia que energúmenos provocan desprestigiando, olvídense de al gobierno, que hace un excelente papel desprestigiándose solo: las legítimas demandas ciudadanas.

Un amigo saca una página del pasquín —titulado, humildemente, Las Fuerzas Oscuras Contra Andrés ManuelLópez Obrador— que mandó imprimir por millones AMLO cuando regenteaba la Ciudad de México. Los cómics, llamados Historias de la Ciudad, fueron la respuesta del Peje ante los complós del Encino, la corrupción de Ponce y Bejarano, el sueldo ejemplar de Nico y las marchas de los pirrurris que pedían a gritos seguridad en los años dorados antes de la llegada del narco. En la historieta en cuestión un policía con cara larga entra a pedir un analgésico a la farmacia, y el despachador le pregunta qué le pasa. El agente contesta que los de la marcha le gritaron bueno para nada, y se lamenta de que ni golpearlos puede porque —por mi madre, bohemios— luego se quejan de represión.

Diez años después nuestras marchas siguen pidiendo lo mismo pero, cosas veredes, hoy son bendecidas por un Rayito de Esperanza indignado por la represión contra el pueblo bueno. Pero no todos acuden porque les importe el destino de los 43 o el bien del país, sino todo lo contrario. Y no lo digo yo, sino ellos: “Reacción Salvaje tomará la iniciativa del ataque a personas-objetivo (…), pero también cargaremos contra la propiedad pública y privada. (…) Todo aquello que implique civilización, tecnología y progreso será atacado con fiereza. Y si por alguna razón, durante un atentado, algún civil resultara herido o muerto, no nos va a interesar, seremos indiferentes e indiscriminados. La población, la masa, el pueblo, la comunidad, los borregos, la sociedad no se merece ninguna consideración, ni cuidados, ni llamados de atención, ni nada de nada, porque ellos son inclusive parte del sistema; que quede claro, si se atraviesan en nuestro camino lo van a lamentar”.

El estudiante que fue levantado por policías dijo en entrevista con Aristegui que la cara cubierta obedecía a la necesidad de protegerse de la cada vez peor represión contra los manifestantes pacíficos. Presionado por la entrevistadora ante las fotos donde aparece con bombas molotov y otros artilugios dignos de Gandhi, señaló que ante la violencia impuesta por el gobierno él simpatizaba con quienes expresaban lo hartos y enojados que estaban quemando y destruyendo, lo que confirma que en las recientes manifestaciones sí hubo infiltrados, pero del cerebro.

A estas alturas es imposible endosarle solo a los “infiltrados del PRI” la violencia que energúmenos como los arriba descritos provocan desprestigiando, olvídense de al gobierno, que hace un excelente papel desprestigiándose solo: las legítimas demandas ciudadanas. Pero aunque la estridencia física y retórica de estos poetas malitos es atemorizante, nuestro problema verdadero es, aunque más sordo, mucho mayor: que alguien me explique cómo es que, al tiempo que el Presidente anuncia una serie de medidas mayoritariamente policiacas y no estructurales para establecer en México el estado de derecho, un subjefe del Estado Mayor Presidencial defiende heroicamente ebrio el Palacio Nacional; unos soldados ejecutan a unos criminales ya rendidos; un aspirante a policía revela que las plazas se venden; nuestros jueces tasan la inocencia según el tamaño de la cartera y unos judiciales reconocen a un vandalito que iba pasando por la calle y deciden que el Poder Judicial sale sobrando. Del siempre impune robo de camiones, toma de carreteras y saqueos cometidos por los parientes y simpatizantes de las víctimas de Iguala mientras exigen justicia, luego hablamos.

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