Pecados o delitos

Mientras los responsables de encubrir a Maciel en sus pecados sigan con el pandero en la mano, permítanme tomar las supuestas reformas con un grano de sal del tamaño del peñón de Gibraltar.

A partir de mañana, bajo la conducción del ornamental Velasio de Paolis, se llevará a cabo el largamente esperado capítulo general extraordinario de la Legión de Cristo. Allí deberán redactarse las nuevas constituciones y darse la elección del futuro director general, puesto vacante desde que a Álvaro Corcuera, sucesor de Maciel desde su retiro forzado a inicios del 2005, le fuera diagnosticado un tumor cerebral hace cerca de un año.

No puede esperarse demasiado. La mayoría de los 65 delegados legionarios son quienes siempre le fueron fieles a Maciel, a pesar de conocer sus trapacerías. La precisión no es especulativa: en la deposición del juicio que los herederos de Gabrielle Mee tienen en Connecticut contra la Legión por haber copado los últimos años —y con ellos la herencia— de la señora, bajo juramento, altos directivos de la orden afirmaron saber de la “doble vida” del fundador desde el 2006 —aunque desde 2005 el Vaticano lo investigara abiertamente; por algo se relevó entonces al antes inamovible director y fundador—, sin mencionar las décadas anteriores cuando ya se hablaba de los muchos dolores físicos que el pobrecito santo debía paliar con morfina, de sus desapariciones recurrentes que se explicaban con misiones místicas y remotas para salvar almas y de las infames llamadas a la enfermería. Maciel murió a principios de 2008, pero no fue hasta tres o cuatro años después cuando fue reconocido su pecado por la Legión, que hasta entonces siguió ordenándole a sus seguidores estudiar sus textos con fervor, rezarle al fundador como si fuera santo y llamarlo “nuestro padre”. Dicho de otra manera, la mayoría de quienes decidirán a partir de mañana el futuro de la orden lo sabían todo, cuando menos desde 2006, y cada uno de ellos decidió seguir mintiendo.

Además de lo anterior, también estamos a pocos días de que comience el capítulo 65 del Comité sobre los Derechos de los Niños de la ONU. El comité le ha lanzado a la santa sede preguntas como las siguientes: cuántos casos de abuso o de maltrato tiene registrados, qué medidas ha tomado para evitarlos, qué ha pasado con los reportes de los niños robados a militantes republicanos asesinados que luego fueron colocados por el franquismo en hogares monárquicos y católicos a través de parroquias y escuelas confesionales. A cada una de éstas y a otras similares el Vaticano ha evitado contestar, justificándose en que una cosa es el Estado Vaticano y otra la Iglesia, y que lo que la Iglesia juzga, bajo derecho canónico solamente, son los pecados, no los delitos; que los delitos que pudieran haber sido cometidos por miembros de la Iglesia solo serán atendidos cuando un juez de algún Estado soberano así lo requiera. Legalmente, por supuesto, están en todo su derecho. En cuanto al asunto moral queda clarísimo que tanto para los políticos mexicanos como para ese Jano perverso conformado por la Iglesia y el Vaticano, la moral es solo un árbol que da moras.

En el caso de la Legión, mientras los responsables de facilitar y encubrir a Marcial Maciel en sus pecados y delitos —los sexuales, sí, pero también los fraudes patrimoniales y la desintegración de personas y familias provocada por el beso del diablo de ese fundamentalismo medroso y acrítico— sigan con el pandero en la mano y sin dar señal alguna ya no de lamentar, sino siquiera de reconocer su culpa, permítanme tomar las supuestas reformas con un grano de sal del tamaño del peñón de Gibraltar.

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