Obama y la prensa

Para el presidente gringo es un mal momento: su aprobación cayó a 42 por ciento, la cifra más baja de su presidencia según una encuesta liberada la semana pasada por NBC y el Wall Street Journal. Estos malos números se deben en parte al fiasco que ha sido el proceso de implementación de los nuevos seguros médicos conformados por la ley de salud del presidente, apodada Obamacare, pero también, entre otras cosas, por el desaseado manejo oficial de la crisis en Siria, por los números económicos cuya recuperación ha sido más lenta y onerosa de lo esperado y, sobre todo, por el feo asunto del espionaje doméstico e internacional a cargo de la Agencia de Seguridad Nacional.

Un documento liberado el 10 de octubre por el Comité para la Protección de Periodistas llamado, justamente, “Obama y la prensa”, da cuenta de cómo las promesas de transparencia y apertura del presidente han quedado rotas ante las revisiones indiscriminadas de llamadas telefónicas y correos electrónicos, la persecución encarnizada contra informantes de materiales clasificados y la implementación de códigos de conducta —descritos en el Programa contra Amenazas Internas— reminiscentes del peor macartismo, donde los empleados gubernamentales en contacto con información delicada son alentados a vigilar y a delatar a sus compañeros que puedan considerar sospechosos.

Snowden y Manning, los de más exposición, no son los únicos “objeto de procesos penales por delitos graves de conformidad con lo previsto por la Ley sobre Espionaje —ley que, por cierto, data de la Primera Guerra Mundial— por filtrar información clasificada a los medios”: las cinco o seis personas que los acompañan ni siquiera son todas ex empleadas gubernamentales, sino periodistas que, entre otras cosas, intentaron proteger a sus fuentes que les pidieron conservarse anónimas. El rasero no parece ser ideológico, sino meramente pragmático; entre los indiciados hay personal de la conservadora Fox y del liberal NewYork Times. ¿El resultado? Que las fuentes internas, incluso las que antes trataban con material considerado no reservado, se han secado por miedo a despidos, demandas y otras represalias que les vendrían de ser descubierta su identidad: durante abril y mayo de 2012, por motivos aún no revelados, el poder judicial concedió por medio de tribunales secretos permiso para confiscar los registros de las llamadas telefónicas de más de 100 reporteros y editores de las agencias AP geográficamente cercanas a Washington. Ni siquiera la administración de Bush, con toda su retórica de guerra contra el terror, se había atrevido a tanto. El nuevo Camelot de ébano que imaginaban los estadunidenses ha dado paso al cínico politics as usual, y el joven y fresco príncipe que a golpe de candor y de valentía regresaría al país a sus épocas del mejor sueño americano desafiando a los rancios poderes establecidos ha resultado tan taimado como sus antecesores más blancos.

O, quizá, no todos necesariamente blancos: Dilma Roussef, presidenta de Brasil quien ante la indignación de saberse espiada por la Casa Blanca luego de las revelaciones de Snowden cancelara una visita de Estado a Washington, acaba de ser balconeada por el diario Folha de São Paulo por haber ordenado espiar a diplomáticos extranjeros, estadunidenses, pero también rusos e iraníes, acreditados en su país.

Y es que, quien esté libre de pecado, que lance el primer e-mail.  

 @robertayque