“¡Nuclear, Jacobo, nuclear!”

La exclamación de la entonces corresponsal de Televisa en Jerusalén obedeció al pánico. La reacción es comprensible, pero no aceptable: no es asunto de esperar que un periodista, por el hecho de serlo, deje de sentir miedo, pero sí que ese miedo no contamine la veracidad y precisión del recuento de los hechos. ¿Qué hacía entonces alguien mal preparado y sin el temple necesario cubriendo uno de los sitios más calientes del planeta? Lo mismo que hacen los millones de personas en México que no tienen empacho en cobrar por trabajos que no pueden, no saben o no les interesa hacer.

En el asunto del cobalto-60, el material salió, en una troca sin protección, de Tijuana rumbo a un tiradero de desechos tóxicos en Hidalgo. Cuando el chofer se paró en una gasolinera la troca fue robada por hombres armados. De este cúmulo de negligencias bárbaras comienzan los asegunes, unos que recuerdan mucho el incidente del material explosivo encontrado en un cuarto de una vecindad de la colonia Roma que, según la Marina, era rentado por personajes con ligas terroristas, mientras que las huestes de nuestra ahora cónsul en Milán se emperraban en decir que el sitio era una humilde fábrica de velas, dejando libres en fast track a los cuatro detenidos. En este caso todas las instancias afirman que los pobres ladrones no sabían lo que hacían cuando buscaban a ciegas algo de valor.

No sé si alguno de ustedes ha tratado de abrir un contenedor radiactivo, pero el asunto no es nomás desatorníllame otra. Algo han de haber sabido los seis inculpados para que, entre toda la carga, se fueran directo a abrir la caja sellada y sacar de un cartucho del tamaño de un teléfono celular las canicas metálicas. Algo han de haber sabido porque, hasta la fecha, la policía los mantiene incomunicados. Algo han de haber sabido porque evidentemente traían algo de protección; ninguno está muerto, todos fueron dados de alta y el de 16 años es el único reportado con algo de contaminación por rayos gamma, cuando bastan unos minutos de exposición directa al cobalto-60 para morir desde poco más de media hora hasta cerca de un día después.

El petate del muerto ya dijo que el material puede usarse para hacer bombas sucias —es decir, si se pulveriza y dispersa en el aire toda población que entre en contacto con éste se verá severamente afectada—, pero que no panda el cúnico: para lograr esto, por la toxicidad y el calor que el metal emite, se necesita equipo sofisticado y habilidades técnicas fuera del alcance de los grupos de la delincuencia organizada, cuando menos de los de México. Alrededor de una veintena de casos de robo de materiales radiactivos se reportan al año en el mundo, y nadie hasta ahora ha logrado detonar una bomba hecha con ellos contra poblaciones civiles. Ahora bien, si dejáramos del lado los sospechosismos y quisiéramos preocuparnos con bases sólidas, consideremos el frecuentemente ignorado factor Vexler, el mismo del botón de Alvarito del fatídico avión de Mouriño: ¿qué si los malandros, quemados y vomitando hasta la cena de antier y queriendo deshacerse de inmediato del veneno maldito, lo hubieran tirado a la noria que alimenta los acuíferos del pueblo de junto? ¿Qué si lo robado hubiera llegado a alguna chatarrera y apareciera luego con toda su toxicidad en las varillas de algún desarrollo de vivienda popular?

Adivinen mis lectores cuál de estos dos casos efectivamente sucedió en México.

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