Miley y la bandera

Lo que parece de pésimo gusto es que nuestros políticos y líderes de opinión más rancios reaccionen con una enjundia digna de castillo de la pureza ante lo que viene siendo una travesura mercadotécnica.

Hay en México una ley de 32 páginas sobre el Escudo, la Bandera y el Himno nacionales, aprobada en febrero de 1984, que norma cómo usar los símbolos patrios. Por ejemplo, si usted tiene una bandera viejita o dañada en su casa u oficina y se quiere deshacer de ella, el procedimiento ideal sería el siguiente: deberá comenzar llamando al Ejército. Luego, hará entrega del lábaro patrio a una escolta de honor para ser doblada entre dos soldados, las manos enfundadas en guantes blancos, según los procedimientos indicados en los cánones —hay que hacerlo de tal manera que el color que quede tapando el rectángulo final sea el verde, excepto cuando el país está en guerra, en cuyo caso debe ser el rojo—, tras lo cual la bandera será incinerada. Lo ideal es que las cenizas sean tiradas en algún jardín o parque, en algún lago limpio o sobre las raíces de un árbol, por ejemplo, para que sus fibras nutran y regresen a las entrañas mismas de la patria; nunca a la basura.

En Estados Unidos se puede encontrar a las barras y las estrellas sobre papel de baño, en cojines y platos de cartón o dibujada en azúcar sobre pasteles y dulces, y la gente la porta con orgullo en camisetas, sombreros y hasta calzones. Y es legal incendiarla o mutilarla: la última vez que el Congreso gringo intentó pasar una enmienda con el objetivo de paliar las ofensas realizadas a su bandera en marchas y protestas varias fue en junio de 2006, y el intento fracasó por un voto. ¿La razón? La misma que se esgrimió en todas las ocasiones anteriores: la libertad de expresión es más sagrada que una imagen que, entre otras cosas, debía representarla.

Pero a pocos les resultará relevante entender por qué, más que irrespetuoso, el guiño de Miley Cyrus, aunque quizá desafortunado, es inofensivo y hasta amistoso. Tampoco servirá citar que la chica no es precisamente un dechado de conocimiento geopolítico: este pasado verano sacó, durante un concierto en Barcelona, una bandera del País Vasco. Menos podía saber el pobre y despistado engendro de Disney que eligió una de las ciudades más mochas del país para que un morenazo magnífico le pasara la tricolor una y otra vez sobre su enorme cucú de plástico: de inmediato ardieron los opinadores y el diputado panista Francisco Treviño y su compañero priista José Juan Guajardo pidieron a gobernación que sancionara a la cantante por profanar con sus nalgas nuestro suelo y violar el artículo 32 de la antes citada ley. ¿El castigo? Una multa de 17 mil pesos, poco más de mil dólares que, como la señorita no tiene domicilio conocido en México, le será aplicada a la empresa promotora una vez que sus ejecutivos terminen de reírse a carcajadas.

En lo personal me tienen muy sin cuidado los números musicales de la aprendiz de provocatriz: lo que me parece de pésimo gusto es que nuestros políticos y líderes de opinión más rancios reaccionen con una enjundia digna de castillo de la pureza ante lo que viene siendo una travesura mercadotécnica —o por el vestido de la primera dama, ya que estamos—, cuando apenas y parpadean al ver que tenemos un sistema educativo que le destruye cualquier oportunidad de futuro a nuestros niños; cuando atestiguan las heridas sistemáticas y casi siempre irreparables que por avaricia padecen nuestros suelos, aires y aguas o cuando el país cae cada vez más en una espiral de violencia e ilegalidad enraizada tanto en el gobierno como en la sociedad civil. Pero por esto no, nadie se desgarra demasiado las vestiduras.

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