Fuego en La Merced

El incendio se debió a un cortocircuito provocado por tomas ilegales. ¿Nadie sabía de eso? Sí. Es secreto a voces que las cuotas las pagaban los ambulantes al gobierno y que fueron "cajas chicas" para, entre otras, la administración de la Esperanza.

Decir La Merced es transportarme a un sitio mítico de donde venían los mayores portentos: en el desértico Monterrey de mi infancia la única verdura disponible era la calabacita modelo bate de beisbol, la cebolla y el tomate, así que ver llegar a mi padre de sus viajes de negocios a la Ciudad de México con una caja de cartón sujeta con cordón de ixtle era abrir el tesoro de Moctezuma hecho zapotes, granadas, mameyes, morillas, arándanos, maíz violeta, flores de calabaza, platanitos dominicos y un par de panelas, de queso de Oaxaca o de Chiapas. Cuando lo visité por primera vez la realidad superó cualquier fantasía: me embrujaron las flores desbordadas, los canastos, el papel picado, los albures de las señoras y, sobre todo, los puestos de brujería con sus jabones para atraer machos o para espantar suegras, y los cantos tan involuntarios como melódicos de los vendedores que el genial Héctor Infanzón inmortalizara en su disco Citadino.

La Merced sigue ofreciendo muchas de las maravillas de nuestro país, pero el ambiente que se respira en sus pasillos ya no es el mismo: lo que queda de su encanto se ahoga entre las prostitutas de ojos hastiados y los toldos de plástico roídos que tapan ropa de paca, mierda china y piratería, toda debidamente gravada por el narco en las distintas etapas de su viaje desde el Bravo o el Usumacinta hasta la Ciudad de México.

El procurador Rodolfo Ríos ha dicho que el incendio se debió a un cortocircuito provocado por las tomas ilegales usadas por comerciantes también ilegales para robarse la energía que necesitan para sus puestos. ¿Y? ¿Nadie sabía de eso? Por supuesto que sí, pero les vale madres; es secreto a voces que, antes de que llegaran esos cárteles que en modo alguno operan en la ciudad, las cuotas las pagaban los ambulantes enteramente al gobierno y que, junto con los taxis piratas y los antros —pensemos en Lobohombo y en New’s Divine—, fueron cajas chicas tan generosas como inescrutables para, entre otras, la administración de la Esperanza. No hay razón para pensar que los mecanismos hayan cambiado demasiado desde entonces.

Afortunadamente no murió nadie. Solo hubo 16 personas tratadas por intoxicación de humo, 70 vecinos evacuados y 400 puestos destruidos, pero aquello pudo haber sido un Armagedón y daría lo mismo: por lo arriba descrito, luego de un par de operativos de relumbrón todo seguirá más o menos igual. Santiago Levy tiene toda la razón cuando dice que el comercio informal se crea gracias a políticas públicas y se combate con políticas públicas; sí, ese Santiago Levy que fue increpado entre suásticas y gritos antisemitas por el sindicato del Seguro Social cuando intentó abordar el problema de su deuda, actos que claramente fueron delitos de odio que aparentemente nadie pagó, aunque en realidad los estamos pagando todos: Levy ahora trabaja en Estados Unidos y el país acabó perdiendo a uno de sus mejores servidores públicos.

Como estamos perdiendo a nuestros mercados y al resto de nuestras riquezas, naturales y culturales, por la corrupción y la ilegalidad, más que nunca vale recordar a Pacheco: No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pinos,/ fortalezas,/ una ciudad deshecha,/ gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/-y tres o cuatro ríos.

Mientras todavía existan, maestro.

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