Enlodar sin salpicarse

Los de izquierda no hayan cómo defender el barco de concreto que resultó ser la Línea 12; los panistas no saben explicar el lodazal llamado Oceanografía, que deja a Fernando Larrazábal en calidad de provinciano aprendiz.

Por si la silla presidencial, la captura de El Chapo y la aprobación más o menos indolora de las reformas fueran poco, los priistas tienen una ventaja considerable sobre el resto de las fuerzas políticas establecidas: nadie espera nada bueno de ellos. El mexicano promedio piensa, con cierta razón histórica, que ser tricolor es sinónimo de ser corrupto, labioso, vendepatrias, estafador, mentiroso y otras lindezas que se me escapan. Los panistas y los perredistas, en cambio, han vendido a sus partidos bajo las banderas de la honestidad, los valores morales, la rectitud, la generosidad y el servicio patrio, los primeros, y del interés popular, de la austeridad y de la honradez acrisolada los segundos. En ambos casos, la realidad ha desmentido una y otra vez a la publicidad, excepto para algunos emperrados en apertrecharse en sus respectivos castillos de pureza que siguen jurando, por ejemplo, que los gobiernos amarillos de la Ciudad de México son modernos y ejemplares, o que darle clases de cocina al servicio doméstico debe ser parte de la misión del DIF.

José Luis Preciado, coordinador de los senadores panistas, ha amenazado con que su partido no se sentará a la mesa donde se debaten las leyes secundarias de la reforma energética hasta que no se aclaren responsabilidades en el caso de Oceanografía. ¿Qué habrá querido decir con esto? Porque si bien faltan pruebas duras del involucramiento de los hijos de Marta Sahagún en el caso, está clarísimo el dedo del ex secretario de Gobierno y favorito del ex presidente Calderón, Juan Camilo Mouriño, y la, si no aquiescencia, de perdida la negligencia de la Presidencia anterior en el enredo que se llevó de encuentro a Pemex, al IMSS y a Banamex, entre otras empresas de postín, sin que luego de casi una década de advertencia de la Auditoría Superior de la Federación y 3 mil millones en fraude nomás a Pemex, nadie, absolutamente nadie, detectara nada. Lo admirable aquí son los pantalones del coordinador Preciado si, nadando en mierda, se quiere todavía poner los moños.

Los 20 kilómetros de la Línea 12, que vino resultando 40 por ciento más dorada de los cerca de 18 mil millones de pesos inicialmente presupuestados, pueden verse como una nimiedad en comparación al caso anterior, pero igual se han quedado huerfanitos: ni el ex jefe de Gobierno, ni Enrique Horcasitas, director del Proyecto Metro del Distrito Federal; ni las constructoras ICA, SAB, Alstom y Carso se han hecho responsables por los daños ni por los 200 millones que serán necesarios para reparar lo que parece negligencia pura: los vagones no embonan con las vías, desgastándose éstas hasta un posible descarrilamiento. ¿Así o más de vanguardia?

Puedo imaginármelo ya: esa foto del Presidente con sus principales, vitoreando el gol de México a todo pulmón, quedará en cosita de nada ante las exclamaciones de júbilo que han de salir hoy desde las cómodas gradas de Los Pinos mientras el personal ve cómo los azules y los amarillos se baten a muerte para ver quién de entre ellos es el menos cochino. Y no es para menos: los progresistas de izquierda no hayan cómo defender el carísimo barco de concreto que resultó ser la Línea 12, el proyecto insigne de la administración de Marcelo Ebrard —el rubio que nadie quiere—, mientras que los panistas, señoritos de los de antes, no saben cómo explicar ese lodazal llamado Oceanografía que deja a Fernando Larrazábal, el señor de los quesos, en calidad de provinciano aprendiz de gánster.

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