Debate de idiotas

Al final, es un despropósito pensar que el país entero se dejará distraer por un encuentro deportivo, al punto de traicionar a la nación sin darse cuenta.

Luego de votar su partido contra el acuerdo y de sus fechas propuestas, el coordinador de la bancada perredista en el senado, Miguel Barbosa, solicitó posponer el debate legislativo sobre las leyes secundarias de las reformas hasta después del Mundial. La razón, luego amplificada y distorsionada hasta la náusea en las redes zoociales, es que como está de empalmado el calendario, la gente se distraerá con los juegos y no pondrá atención a los muy serios asuntos patrios en curso. El senador David Penchyna, del PRI, le contestó rápidamente que ése sería un debate de idiotas, tras lo cual Barbosa le pidió flexibilizar su postura y su colega perredista, Zoé Robledo, disculparse por el exabrupto. Penchyna se disculpó, pero solo por el exabrupto, porque refrendó el sentido de sus palabras aclarando que aquello sería, citando como chico bueno de secundaria al diccionario de la Real Academia Española, un diálogo carente de ideas. Al final, a petición del PAN, lo que debía llevarse a cabo del 6 al 17 de junio sucederá del 10 al 23, pero el empalme, y con él la supuesta cortina de humo, se conserva.

Sin que el caso siente precedente, estoy de acuerdo con el priista. Por una parte, no es como si los huracanes, terremotos, balaceras o, simplemente, el tráfico y el precio del aguacate y del limón, no tuvieran ya al respetable viviendo al filo de la butaca, y no veo a nadie pidiendo que se posponga el debate hasta después de que los mexicanos alcancen una presión arterial médicamente sana.

Por otra parte, se supone que para eso los elegimos primero y les pagamos después, para que, en nuestra representación, ante la imposibilidad de hacerlo en bola, los más de 100 millones de aficionados, perdón, de mexicanos que somos, tomen nuestros legisladores —300 diputados federales electos por voto directo y 200 nombrados por representación proporcional, y 128 senadores— las mejores decisiones conducentes al bien de la patria. Esto en modo alguno implica dejar de oír nuestras voces si consideramos que los legisladores no tienen claros nuestros deseos o se los están pasando por el arco del triunfo, pero de allí a que ausentar la mente por tres partidos de hora y media o dos mientras el tema se debate equivalga a traicionar el celo patrio es un poco excesivo.

Como lo es pensar que los connacionales son párvulos en formación, criaturas políticas débiles que deben ser protegidas, aun contra su embrionaria voluntad, de cualquier vicisitud externa que pueda nublar su frágil juicio —la emoción de un Mundial, sí, pero también la posibilidad de comprar alcohol en domingo o durante las elecciones, de mirar lo que sea en la tele y de ejercer abiertamente su sexualidad, por ejemplo—; una visión falsamente paternalista pero innegablemente conservadora, y muy socorrida entre autócratas con piel de demócratas, ciertos líderes religiosos y los Gabrieles Lima de este mundo.

Al final, es tan despropósito pensar que el país entero se dejará distraer por un evento deportivo al punto de traicionar a la nación sin darse cuenta, como pensar que los abajofirmantes de peticiones electrónicas, los bloqueadores de calles y quienes portan la bandera del estallido social como estandarte son los mexicanos más lúcidos, más informados o más críticos: de hecho, lo mejor que podría pasarle a México es que fueran justo esos quienes le entregaran su alma al Mundial y dejaran de jodernos al menos un verano con su estéril y prefabricada cacofonía.

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