Crónica de un patrimonio perdido

Nunca llegué a conocer en persona a Guillermo Tovar de Teresa, pero su partida es tan pérdida para mí como debía serlo para todos. Porque la muerte del cronista, historiador y archivista de las calles de nuestra ciudad capital nos recuerda todas las cosas hermosas que le antecedieron en el camino a la nada: con la diferencia de que la muerte de una persona, por temprana que sea, por sorpresiva que sea, es al final inevitable, mientras que la acelerada mutilación de las riquezas arquitectónicas y artísticas de México no tiene más razón de ser que la abulia, corrupción o ineptitud de nuestros funcionarios, primero, y de todos nosotros, después.

Cuando se habla de la obra de Tovar de Teresa se explican estas pérdidas a la luz del progreso, o de la modernidad, abstracciones siempre impersonales. No se habla, sin embargo, del maestro Eugenio Rodríguez Cornejo, todo un secretario de la SNTE que el 3 de junio del año 2010, a soplete y a mazazo limpio, desfiguró junto a otros colegas una puerta que desde 1731 marca la entrada al antiguo edificio colonial de la Real Aduana, mismo que en 1777 se tragó algunas de las casas del convento de la Encarnación para ser, a su vez, devorado en 1937 por la SEP. La furia se desató porque los sindicalistas estuvieron esperando hasta 40 minutos para ser atendidos por Alfonso Lujambio, sin suerte. Los policías de la ciudad de izquierda de vanguardia miraban comprensiblemente sin el menor interés: al fin y al cabo su secretario de Gobierno en turno, José Ángel Ávila, culpó del hecho a la insensibilidad del entonces secretario de Educación. Rodríguez Cornejo pagó 355 mil pesos para enfrentar el proceso en libertad y, al final, fue exonerado “por falta de pruebas”.

Tampoco se habla de ese adefesio hecho de retazos de mármol, clichés arquitectónicos setenteros, rampas resbalosas y terminados de casa Geo que es el museo Soumaya. El edificio es botón de muestra de todo Polanco —como de muchas de nuestras construcciones corporativas contemporáneas—, sitio otrora hermoso tanto por sus betunes de pastel labrados en cantera como por sus sobrias casas estructuralistas. El barrio, como matrona que tuvo antes sus mejores tiempos, se ha hecho tantas cirugías que, en su afán por quedar como jovencita neoyorquina, ha ido perdiendo su carácter e interés, todo gracias a constructores tan estéticamente crasos como voraces y a funcionarios corruptos que aprueban toda demolición requerida por el mejor postor mientras clausuran, por falta de moche y con un celo indomable, el murete alrededor de una tina de baño. Y no, esto último no es broma.

Cómo olvidar el último lamento de Tovar de Teresa: la estatua de bronce de Carlos IV diseñada por Manuel Tolsá, esa que María Ignacia, La Güera Rodríguez, encontrara impecable en su inauguración excepto por la antinatural simetría de los testículos del caballo, tema sobre el cual ella era toda una experta. Luego de la Independencia Lucas Alamán la salvó de la furia de los enemigos de la monarquía, pero nadie pudo salvarla del ácido nítrico de Marina, Restauración de Monumentos, proveedor reincidente del gobierno capitalino; ninguno de los dos pidió autorización o asesoría al INAH ni a Bellas Artes. La respuesta de Héctor Serrano, secretario de Gobierno capitalino, fue un lacónico “no sé qué pasó”.

Descansen en paz Guillermo Tovar de Teresa y nuestro patrimonio perdido.

@robertayque