Creyeron oír un balazo

Hoy todos se lamentan del lastimoso estado de la seguridad en México, y se preguntan cómo es que un gángster como José Luis Abarca tomó el poder en Iguala.

No sé ustedes, pero si una camioneta repleta de hombres armados me persiguiera por los sinuosos caminos del hermoso estado de Guerrero, yo tampoco me pararía. No lo hicieron los chicos que buscaron un buen fin de semana en lo que queda de Acapulco y, a cambio, recibieron de quienes resultaron policías una tanda de balas que hirieron a uno, extranjero y estudiante del Tecnológico de Monterrey. Los agentes justificaron la agresión diciendo que habían creído oír un balazo.

Aquí, a diferencia de Iguala, ni siquiera dieron indicios de ser malandros, sino simplemente policías que, como casi todos los demás en México, están mal equipados, mal entrenados y mal pagados, estén o no al servicio del narco. Lo peor es que nada de esto es una novedad: lo de Tlatlaya se ha replicado por años, infinidad de veces, en zonas a donde Esquire no llega sin que nadie haya puesto hasta hoy mucha atención en lo común del patrón; en Iguala apabulla el número de normalistas desaparecidos, pero nadie ha hecho demasiado ruido por las decenas de anónimos cadáveres que, de no ser por eso, seguirían reposando en esas fosas aunque algún día fueron, ellos también, personas levantadas y desaparecidas, y a Chilpancingo nadie le tiraría una liana si los ojos del mundo no estuvieran ya sobre Guerrero y el herido fuera un agricultor local.

Hoy todos se lamentan del lastimoso estado de la seguridad en México, y se preguntan cómo es que un gángster como José Luis Abarca tomó el poder en Iguala, a pesar de múltiples evidencias vinculándolo con GuerrerosUnidos, cártel liderado por la familia de su esposa. Pero Abarca llegó y permaneció en el puesto de la misma forma como llegaron a su ayuntamiento Larrazábal, a su curul Julio César Godoy y a sus palacios de gobierno Ángel Aguirre, Fausto Vallejo, Leonel Godoy y similares y conexos: por las aportaciones, casi siempre de reputación dudosa, de los interfectos a sus partidos, o a los dirigentes de esos partidos que, a cambio, los apadrinan y cobijan; Madero defendió con todo al señor de los quesos y Encinas cargó como el Pípila al hermano del michoacano en su camino al fuero, entre otros ignominiosos ejemplos. ¿Qué oportunidad tiene el ciudadano común de impugnar o de retar a sus autoridades corruptas, cuando éstas son apuntaladas desde una red de complicidades que van desde lo más alto del poder, el nominal y el tácito, hasta el último proveedor de la Estela de Luz, la Línea 12 u Oceanografía?

Lo que yo me pregunto es cómo asumimos como natural la desconfianza y el desprecio hacia la autoridad y la clase política del país en general, sin a la vez cuestionar la veneración irracional prodigada por una buena parte de la ciudadanía a algunos de sus tlatoanis o partidos, como si fueran equipo deportivo o religión, en lo particular. Porque están claros los intereses tangibles que nuestros líderes obtienen cuando encumbran a delincuentes, dándole coba a sus intereses mezquinos en vez de mirar por el bien de la patria, pero los ciudadanos, aun los de bien, no parecemos necesitar nada a cambio de seguir votando y defendiendo como hinchas a quienes creemos a pie juntillas que, por ser del PAN, será gente de moral y buenas costumbres; por ser del PRI, roban pero hacen o, por ser de izquierda… son de izquierda y con eso basta. Porque eso le está bastando a Ángel Aguirre, como le bastó a José Luis Abarca hasta que mandó a su policía a desaparecer a 43 normalistas. Que si no, allí seguiría.

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