Chiapas, a 20 años

Habría que felicitar a los gobiernos federales y locales por tener a Chiapas entre los estados más pobres de México. Sabemos que el sitio tiene poblaciones esparcidas y remotas y usos y costumbres resistentes a la modernidad, pero también que tiene valles fértiles y abundante agua, algo de petróleo y una riqueza cultural y natural como para tres o cuatro países: mantener algo así en la pobreza y el analfabetismo requiere talento.

Es fácil culpar de esto al zapatismo. A 20 años de la rebelión los municipios autónomos que aún rechazan la ayuda y la estorba oficial siguen como empezaron: el edén prometido de huertos, proyectos productivos sustentables, escuelas comunitarias y pueblos saludables que avergonzarían al establishment nomás no están allí. La realidad es que la incidencia del EZLN, descontando la iconografía y la propaganda —principalmente para consumo extranjero; se habla de un movimiento indígena, cuando muchos de los municipios zapatistas no están en los centenarios asentamientos tzotziles o tzeltales, sino entre los poblados de quienes llegaron allí en el llamado que hizo Echeverría para que “solo los caminos queden sin sembrar”, mismo que entregó a los recién llegados la selva Lacandona y las montañas Azules para su devastación en un intento por competir con el mote del granero del mundo que ostentaba EU—, es muy menor: más allá del pasamontañas los cambios sustantivos son pocos. Eso sí, la muy eficiente mercadotecnia zapatista puso a la zona de San Cristóbal en el mapa internacional, y la derrama que eso le trae al día de hoy no es poca.

Termino con una anécdota preocupante y desesperanzadora: tal parece que las carreteras de Chiapas no son propiedad federal. No se emocionen los chairos, que la mecánica es prosaica: a los ejidos inmediatamente anteriores a las zonas de interés —el embarcadero que lleva a Yaxchilán, el camino que conduce a Misol-Ha o a Agua Azul— les ha dado por poner casetas de “peaje” para cobrarles a los visitantes que viajan por “sus” carreteras. Ya después uno paga el boleto de entrada correspondiente al INAH, pero antes hay que apoquinar una y otra vez por ese arbitrario e ilegal derecho de paso. ¿Quiere usted ahorrarse los cinco o diez pesos por cabeza que le extorsionará la Unión de Campesinos Revolucionarios Ejido Lucio Cabañas II? Pues desande el camino y busque a un policía que le haga caso. E inserte aquí las risas grabadas.

Esta brillante idea ha crecido y se ha multiplicado: a unos 50 kilómetros de Ocosingo un mocoso de no más de 4 años se plantó en medio de la carretera y levantó su manita con dos dedos al aire: o le dábamos dos pesos o no se movería. Un poco más delante un grupo de adultos tomaba el sol. Nuestro guía nos dijo que esto era habitual en esa zona, abrió la ventanilla y le dio al mocoso su tributo. Él se retiró, pero de inmediato otros dos se colgaron de la ventanilla y del espejo, exigiendo más. El guía puso, despacio, en marcha el auto, pidiéndoles que por favor se soltaran. No solo no lo hicieron, sino que el varoncito, de unos siete años, nos mostró que en su puño traía una piedra y procedió a gritar: “¡O me das dinero o te rallo el carro, hijo de tu pinche madre!”. El guía no respondió, aceleró un poco más y los niños finalmente desistieron, pero antes la damita, como de seis años, le soltó un sonoro y abollador puñetazo a la lámina de la puerta.

Desde algún lugar de la selva Lacandona, feliz Año Nuevo.

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